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3.1 Género ¿masculino o femenino?

¿Alguna vez te has enfrentado a la decisión de marcar una casilla que indique si eres femenino o masculino? Por ejemplo, al llenar documentos escolares o una solicitud de empleo, ¿qué opción elegirías y por qué? Aunque comúnmente se nos pregunta si somos hombres o mujeres, la realidad es mucho más compleja de lo que parece.

¿Es lo mismo sexo que género?

¡No, definitivamente no lo es! A continuación, desglosaremos cada concepto para mayor claridad.

El sexo se refiere a las características biológicas (genéticas, hormonales, anatómicas y fisiológicas) que, al nacer, permiten clasificar a las personas como machos o hembras de la especie humana, términos que usualmente se asocian con hombres o mujeres, respectivamente (Heidari et al., 2019). Por ejemplo, si tienes pene, testículos y cromosomas XY, tu sexo biológico es considerado masculino; por otro lado, si tienes vulva, ovarios y cromosomas XX, tu sexo biológico es considerado femenino.

¿Existe algo más allá de la división entre hombres y mujeres?

¡Por supuesto que sí! Hay personas cuya anatomía sexual y reproductiva no encaja completamente en esta división binaria, y se les conoce como intersexuales. La intersexualidad abarca todas aquellas condiciones en las que la anatomía o fisiología sexual de una persona no se ajusta del todo a los estándares definidos para los dos sexos (Heidari et al., 2019). Algunas personas presentan una combinación de órganos sexuales de ambos tipos o características parciales de uno u otro. Además, existen variantes cromosómicas como XXY, XXX, XYY, XXXY o X0, entre otras (Santamaria-Duran et al., 2022). Aunque quizás no lo hayas escuchado antes, la diversidad humana es mucho más amplia de lo que a menudo se piensa.

Y entonces, ¿qué es el género?

El género se refiere a los conceptos sociales, roles, comportamientos, actividades y atributos que cada sociedad asigna a hombres y mujeres (OMS, 2018). Estos roles varían según el contexto cultural y el momento histórico. Por ejemplo, en Escocia, que un hombre use un kilt (una falda tradicional) es parte de su cultura y simboliza orgullo por su clan, mientras que en América Latina esto podría interpretarse de manera distinta. Además, las expectativas de género han evolucionado con el tiempo: hace un siglo, las mujeres no podían votar porque se consideraba que no estaban capacitadas para tomar decisiones. Esto nos demuestra que el género es una construcción social, no algo estático, y que depende del momento histórico y el lugar en el que vivimos. Lo más importante es que estas ideas pueden transformarse para beneficiar a toda la comunidad.

En consecuencia, sexo y género son dos aspectos distintos pero relacionados en el ser humano. Como señala Álvarez-Gayou (2011), el sexo se define por características físicas determinadas genéticamente, mientras que el género abarca cualidades biológicas, físicas, económicas, sociales, psicológicas, eróticas, políticas y culturales asignadas a las personas. Así, mientras que el sexo es determinado por factores biológicos, el género es un concepto complejo que va más allá de las características biológicas del sexo, construyéndose a través de significados sociales y culturales que han evolucionado con el tiempo.

El género, según Benería (1987), se define como una red de creencias, rasgos de personalidad, actitudes, sentimientos, valores, conductas y actividades que diferencian a mujeres y hombres, como producto de un proceso histórico de construcción social. Durante mucho tiempo, la sociedad asumió un binarismo de género, reconociendo únicamente a hombres y mujeres. Sin embargo, hoy en día se reconoce una mayor diversidad de identidades de género. A continuación, se presentan algunas:

Cisgénero: Personas cuya identidad de género coincide con el sexo asignado al nacer (por ejemplo, una persona asignada como mujer al nacer que se identifica como mujer).

Transgénero: Personas cuya identidad de género difiere del sexo asignado al nacer (por ejemplo, una persona asignada como hombre al nacer que se identifica como mujer).

No binario: Personas que no se identifican exclusivamente como hombre o mujer, pudiendo sentirse como una combinación de ambos, ninguno o algo diferente.

Género fluido: Personas cuya identidad de género cambia con el tiempo o según el contexto.

Agénero: Personas que no se identifican con ningún género o que sienten una ausencia de género.

Queer: Término amplio que engloba identidades de género no normativas o que rechazan etiquetas rígidas.

¿Dónde encajan entonces lo masculino y lo femenino?

Dentro de la identidad de género, encontramos la expresión de género, que es la manera en que manifestamos nuestro género mediante comportamientos, vestimenta y apariencia. La expresión de género puede ser masculina, femenina, andrógina, no binaria o una combinación de estas, entre muchas otras posibilidades. Aunque socialmente se espera que la expresión de género coincida con el sexo biológico y la identidad de género, esta expectativa resulta limitante, ya que las combinaciones son diversas. Por ejemplo, una persona con sexo biológico masculino puede identificarse como mujer y tener una expresión de género andrógina, o una persona con sexo biológico femenino puede identificarse como mujer, pero expresar su género de manera masculina. Las posibilidades son múltiples y únicas para cada persona.

Para aclarar, el término «andrógino» proviene del griego y combina las raíces andro (masculino) y gyn (femenino) (Luna, 2003). Se refiere a personas que desafían la división tradicional entre lo masculino y lo femenino, combinando características asociadas con ambas categorías de manera fluida. Esta expresión de género puede manifestarse en la apariencia, el comportamiento o la identidad, y no está limitada por normas binarias. Las personas andróginas suelen abrazar una estética o estilo que trasciende las expectativas culturales de género, promoviendo una mayor libertad en la autoexpresión.

Las clasificaciones entre macho y hembra, hombre y mujer, masculino y femenino se basan en un esquema binario que asume solo dos posibilidades, esperando que estas coincidan: es decir, que una persona nacida biológicamente hembra se identifique como mujer y sea femenina, y que una persona nacida biológicamente macho se identifique como hombre y sea masculino. Cuando estas categorías se alinean, se habla de personas cisgénero (Aultman, 2014). Sin embargo, esta correspondencia no siempre ocurre, y es esencial reconocer la diversidad de identidades y expresiones de género que existen más allá de este modelo binario.

¿Es posible que no me sienta cómodo o cómoda con el género que me asignaron al nacer?

Sí, esto es completamente posible. Por ejemplo, una persona pudo haber nacido con un cuerpo biológicamente femenino, pero no identificarse como mujer, sintiendo que su cuerpo o las expectativas asociadas a su género no reflejan su verdadera esencia. Esto está relacionado con la identidad de género, que es la vivencia interna e individual del género, tal como cada persona la siente, y que puede o no corresponder con el género asignado al nacer. Generalmente, la identidad de género se desarrolla entre los 18 meses y los tres años de edad (Graham, 2023), pero puede evolucionar durante la adolescencia.

Algunas personas sienten que su identidad de género no coincide con el género asignado al nacer, el cual suele determinarse únicamente por los órganos sexuales visibles. Sin embargo, la identidad de género no depende de estos órganos: si te sientes hombre, tu identidad de género es masculina; si te sientes mujer, es femenina. Por ejemplo, hay personas con vulva cuya identidad de género es masculina (hombres trans) y personas con pene cuya identidad es femenina (mujeres trans). El término «trans» abarca diversas experiencias de transición o reafirmación del género, incluyendo personas transexuales, transgénero, travestis, drags, queers o de género fluido, entre otras. Todas comparten que el género asignado al nacer, basado en su sexo biológico, no coincide con su identidad o expresión de género (APA, 2024).

Ahora que hemos aclarado estos conceptos, te invitamos a reflexionar: ¿cómo te sientes con tu sexo biológico? ¿Coincide con tu identidad de género? ¿Prefieres expresarte de manera femenina, masculina o andrógina? Lo más importante es entender que, independientemente de tus órganos sexuales, tu identidad o tu expresión, tienes los mismos derechos. La diversidad es un valor fundamental, y para construir una sociedad libre es crucial respetar la individualidad de cada persona, porque todas tenemos el derecho a ser diferentes.

¿Por qué, en un mundo tan diverso, se suelen considerar solo dos opciones de género?

Esto se debe a la creencia de que los comportamientos de las personas son «naturales», es decir, se asume que están determinados biológicamente y, por lo tanto, se piensa erróneamente que no pueden cambiar (Delgado, 2017). Bajo esta idea, se supone que las diferencias anatómicas entre hombres y mujeres definen lo que nos debe gustar, nuestras habilidades, nuestra forma de pensar, expresar emociones o nuestras prioridades. Sin embargo, no existen investigaciones amplias y a largo plazo que demuestren que estas diferencias biológicas determinen nuestros roles de género .

Al conjunto de normas y expectativas que dictan cómo deben comportarse mujeres y hombres se les conoce como roles de género (OMS, 2018), y tradicionalmente se dividen en masculino y femenino.

Es cierto que hombres y mujeres presentan diferencias biológicas relacionadas con la reproducción, como la capacidad de engendrar, concebir o amamantar, que son específicas de cada sexo. Sin embargo, otras características biológicas, como las funciones respiratorias, digestivas, cerebrales o neuronales, son iguales en ambos sexos. Esto nos otorga las mismas capacidades para aprender, sentir, pensar y desarrollarnos (Delgado, 2017).

¿De dónde surge entonces la idea de que las cosas deben ser así?

Existe una teoría conocida como «socialización diferencial», que explica cómo, desde el nacimiento, las personas aprendemos a integrarnos en la vida social y cultural a través de la influencia de nuestro entorno, como la familia, la escuela, los amigos, los medios de comunicación, el lenguaje y la religión, entre otros. Este proceso nos lleva a adoptar identidades de género diferenciadas, con patrones de pensamiento, actitudes y comportamientos que a menudo son estereotipados y asociados a lo que se considera masculino o femenino (Ferrer y Bosch, 2013).

Esto puedes observarlo en tu propia experiencia. Desde la infancia, la familia es el primer medio que transmite pautas culturales a través de las generaciones (Moreno et al., 2014). Estas ideas se refuerzan cuando los mensajes de distintos entornos son consistentes. Por ejemplo, si a un niño le dicen en casa que «los hombres no lloran» y esto se repite en la escuela o en su comunidad religiosa, es probable que crezca creyendo que expresar emociones es inaceptable, sin una explicación lógica o científica que lo justifique. Con el tiempo, podría transmitir esa misma idea a sus hijos.

¿Qué problemas genera la división binaria de género?

Esta división limita la libertad de las personas, ya que no cumplir con las expectativas de género impuestas por una sociedad o cultura puede generar rechazo, exclusión, discriminación e incluso violencia. En México, aunque se han promulgado leyes nacionales y se han fortalecido instituciones enfocadas en la igualdad de género, persisten desafíos significativos. Grupos conservadores y religiosos, conocidos como la «ola azul», han movilizado protestas contra los derechos reproductivos y la inclusión de la educación sexual y de género en los currículos escolares, creando un entorno adverso para mujeres y personas LGBTQI+.

¿Cómo fue tu infancia? ¿Te limitaron en la expresión de tus emociones? ¿Podías jugar con cualquier juguete? ¿Alguna vez te regañaron por hacer algo que no se consideraba apto para tu género? La mayoría de las personas hemos vivido alguna situación de este tipo en la infancia, y suelen ser experiencias frustrantes que nos limitan y nos hacen creer que estamos haciendo algo malo sin razón alguna.

Por ello, te invitamos a preguntarte: ¿hoy eres quien realmente quieres ser? Si no existiera una división entre «cosas de mujeres» y «cosas de hombres», ¿qué te gustaría hacer? ¿Te gustaría que todas y todos pudiéramos ser libres para elegir cómo queremos ser? ¿En algún momento has criticado o hecho sentir mal a alguien por no cumplir con estos roles de género?

La desigualdad de género y la diversidad sexogenérica

La división binaria también perpetúa la desigualdad, especialmente hacia las mujeres y las personas de la diversidad sexogenérica. Históricamente, las sociedades han asignado un menor valor a lo considerado femenino, etiquetándolo como «inferior». Esto ha creado una dinámica de dominación y subordinación entre hombres y mujeres (Delgado, 2017).

Esta situación afecta muchos ámbitos, uno de los cuales es el de las relaciones románticas, donde se promueven dinámicas de desigualdad que pueden derivar en maltrato (UNFPA, 2022). Estas dinámicas fomentan el control y la manipulación; por ejemplo, si las chicas aprenden a creer que valen menos que los hombres y que sin pareja no tienen valor, podrían aceptar ser controladas con tal de no perder la relación, incluso si hay abuso o violencia.

Por ejemplo, a las mujeres se les enseña a priorizar la entrega total y el servicio a la pareja, aceptando incluso situaciones de abuso para «mantener» la relación, con frases como «el amor duele» o «te cela porque te quiere». También se las presiona para cumplir con estereotipos de belleza, con comentarios como «si estás gorda, nadie se fijará en ti» o «tienes que arreglarte». En cambio, a los hombres se les enseña a ocultar sus emociones para no parecer débiles, con frases como «ya te amarraron» o «eres un mandilón». Además, se les presiona para demostrar éxito en lo profesional, económico o social, mientras que el amor se presenta como algo secundario (Ferrer y Bosch, 2013).

¿Qué genera vivir bajo estas expectativas sociales?

Cuando creemos que existe una única forma «correcta» de ser y actuar, se generan prejuicios, que son juicios negativos hacia lo diferente sin conocerlo, considerándolo como erróneo o inaceptable (Balmores-Paulino, 2020). Estos prejuicios surgen de la incomprensión, el miedo, el rechazo y la falta de respeto a la diversidad, lo que fomenta la intolerancia e impide una convivencia armónica.

Existen muchos tipos de prejuicios. Por ejemplo, hacia las mujeres se dice que «no saben manejar», que «son malas madres si trabajan», que «son débiles» o que «solo sirven para tener hijos». Sobre los hombres, se asume que «solo deben proveer dinero», que «no son emocionales» o que «no saben cuidar a los hijos». En el caso de las personas trans, se les etiqueta como «enfermas», «confundidas» o se dice que «tienen traumas». Respecto a la orientación sexual, se estigmatiza a personas homosexuales, bisexuales o asexuales, diciendo que «son antinaturales», «promiscuas» o que «confunden a los niños». Estos prejuicios carecen de fundamento científico o evidencia, pero se perpetúan al repetirse sin cuestionamiento.

Los ejemplos anteriores son solo algunos de los muchos que existen en nuestra sociedad, sin ningún tipo de sustento. El mayor problema de los prejuicios es que, al no respetar la libertad de las personas, pueden escalar a formas graves de violencia, como la misoginia, homofobia, bifobia o transfobia. Estas actitudes implican rechazo, discriminación, invisibilización o agresiones hacia personas por su orientación sexual, identidad o expresión de género, o incluso por ser percibidas como tales. En casos extremos, derivan en crímenes de odio, como homicidios por homofobia, bifobia, feminicidios o transfeminicidios (UNODC, 2023).

El feminicidio se refiere al asesinato intencionado de una mujer por el hecho de serlo. En la mayoría de los casos, quienes cometen los feminicidios son parejas o ex parejas de la víctima, y suponen la culminación de un proceso de abusos, amenazas o intimidación constantes en el hogar, violencia sexual o situaciones en las que las mujeres se encuentran en una situación de inferioridad con respecto a su pareja en términos de poder o disponibilidad de recursos (ONU Mujeres, 2024).

En América Latina, los feminicidios son una trágica realidad. Muchas mujeres son asesinadas diariamente por hombres, como consecuencia de la desigualdad, el ejercicio de poder y la violencia de género. El feminicidio se distingue por patrones de violencia recurrente, saña y, en muchos casos, violencia sexual, características que lo diferencian de otros tipos de homicidios.

Es fundamental entender que la discriminación hacia una persona por ser diferente constituye una violación a sus derechos. El Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos establece: «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos» (Amnistía Internacional, 2020). Las leyes protegen contra la discriminación, pero el cambio real comienza con la aceptación de la diversidad. Con todo lo anterior, puedes darte cuenta de que los seres humanos somos inmensamente diversos, y encasillarnos en esquemas rígidos, limita nuestra libertad, fomenta la discriminación y perpetúa la violencia. Si aceptáramos a los demás sin juzgar, criticar o herir, viviríamos en un mundo más libre y feliz. La esperanza está en el cambio: al cuestionar los estereotipos y prejuicios, cada persona puede construir un criterio propio y contribuir a una sociedad donde todas y todos podamos ser quienes queremos, amar a quien deseemos y expresar nuestro género sin miedo a la crítica, el rechazo o la violencia.

Actividad
«Rompiendo prejuicios»

Instrucciones:

1. Piensa en alguna ocasión en la que sentiste que alguien te juzgó sin conocerte realmente. Tal vez por tu género, tus gustos o por cómo te comportas.

2. Responde en tu cuaderno o en una hoja las siguientes preguntas sobre esa situación:

  • ¿Qué ocurrió exactamente?
  • ¿Cómo te hizo sentir?
  • ¿Qué te hubiera gustado que pasara en lugar de eso?

3. Ahora piensa si tú también has juzgado a alguien sin conocerlo o conocerla bien, asumiendo cosas sobre su forma de ser por su género, orientación sexual o apariencia.

  • ¿Qué prejuicio o estereotipo usaste?
  • ¿Cómo crees que se sintió esa persona?

4. Crea un cartel o póster pequeño en el que escribas una frase contra los prejuicios y la discriminación. Añade un dibujo o una decoración que refleje respeto e inclusión.

Por ejemplo, podrías escribir frases como:
«Conocer antes de juzgar», «Cada persona es única, no juzgues sin saber» o «Rompe los estereotipos, respeta la diversidad».

Esta actividad busca ayudarte a identificar prejuicios, comprender cómo afectan a las personas, y animarte a construir un ambiente más justo y amable con quienes te rodean.