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3.2 ¡Tratémonos como iguales!

Basándonos en lo explorado en el primer tema, podemos afirmar con certeza que no existen fundamentos válidos para considerar que unas personas valen más que otras o para clasificar los comportamientos según el género. No obstante, estas divisiones persisten en nuestra sociedad, infringiendo los derechos humanos y manifestándose como una forma de discriminación.

Aunque existen leyes diseñadas para proteger contra la discriminación y promover la igualdad de género, los estereotipos y los roles de género están tan profundamente arraigados e interiorizados en la vida cotidiana que muchas personas no perciben las injusticias a las que se enfrentan. Esto les impide defender sus derechos y su individualidad con la firmeza que merecen.

¿Estamos plenamente conscientes de las desigualdades que nos rodean?

Te invitamos a reflexionar sobre tu propia historia, ya sea como hombre, mujer o persona con otra identidad de género, y a examinar las ideas que observas en ti misma o ti mismo, en tu familia, tus amistades, los medios de comunicación y tu entorno en general.

Desde la infancia, las desigualdades se hacen evidentes en la manera en que se educa a las niñas y los niños. A las niñas se las trata con delicadeza, se les colocan aretes porque se cree que «así se ven más bonitas», se las asocia con el color rosa, se las consuela más a menudo y se les permite llorar, orientándolas hacia juegos «tranquilos» relacionados con el hogar o la maternidad, como muñecas o caricaturas de princesas. En contraste, a los niños se les trata de forma más ruda, se les habla menos, se les reprime el llanto considerándolo una señal de debilidad, se les anima a participar en juegos físicos o más «violentos» vinculados con superhéroes o coches, y se les restringe el uso de colores «femeninos» como el rosa. Cualquier intento de las niñas o los niños de apartarse de estos patrones suele ser objeto de críticas o castigos.

En la escuela, estas diferencias continúan manifestándose. Los maestros y maestras tienden a plantear preguntas más complejas a los niños, asumiendo que poseen una mayor capacidad intelectual o que necesitan desarrollarla más para «mantener a la familia». Durante el recreo, las niñas suelen reunirse para conversar o compartir en grupos, mientras que los niños ocupan las canchas para practicar deportes, reforzando la idea de que ellos son más activos y ellas más pasivas. Si un niño prefiere no participar en deportes, puede ser blanco de burlas; si una niña desea involucrarse en esos juegos, a menudo es excluida bajo la suposición de que son «juegos de hombres» y de que podría «lastimarse» (Delgado, 2017).

Persistencia de estereotipos en profesiones y roles sociales

A pesar de los avances significativos, aún persisten profesiones asociadas a un género específico debido a prejuicios sociales y culturales. Por ejemplo, durante mucho tiempo se consideró que la educación preescolar era un campo exclusivo para mujeres, y algunos hombres que optaron por esta carrera enfrentaron prejuicios, e incluso acusaciones graves, como ser pedófilos. Por otro lado, a las mujeres les ha resultado difícil acceder a disciplinas como las matemáticas o las ciencias, basándose en la falsa creencia de que carecen de la capacidad para sobresalir en ellas.

En el ámbito afectivo, se espera que las mujeres expresen emociones como inseguridad, ternura o miedo, mientras que a los hombres se les atribuyen cualidades como seguridad, agresividad o valentía. Esto lleva a que muchas mujeres se perciban como dependientes o incapaces, necesitadas de un hombre que las «proteja», mientras que los hombres evitan mostrarse vulnerables por temor a ser vistos como débiles.

En términos económicos y sociales, se suele asumir que los hombres ejercen un mayor control sobre los recursos, los bienes materiales e inmateriales y las decisiones. Por ejemplo, en algunos contextos, las mujeres no son consideradas para heredar propiedades o negocios, y en la vida diaria a menudo se les niega voz en decisiones cotidianas, como elegir qué cenar o a dónde ir en una cita romántica, o en cuestiones más significativas, como comprar un coche o iniciar un negocio, bajo el pretexto de que «no saben» porque «quienes entienden de negocios son los hombres».

Además, se presume que las principales responsabilidades de las mujeres son las tareas domésticas, por lo que su trabajo fuera de casa se ve únicamente como una «ayuda» adicional o un pasatiempo, ignorando que muchas enfrentan dobles o triples jornadas laborales. En cambio, los hombres son presionados para ser los proveedores económicos, lo que puede resultar abrumador, pero, a diferencia de las mujeres, ellos cuentan con un mayor acceso al ámbito público, con oportunidades de desarrollo personal y profesional sin la carga de las tareas del hogar (Delgado, 2017).

Roles maternos y paternos en el hogar

Culturalmente, a las mujeres se les asigna el ámbito privado, con responsabilidades como el cuidado de la pareja, las hijas, los hijos y las personas mayores. Estas tareas, centradas en el bienestar familiar, suelen limitar su desarrollo personal y profesional. Por otro lado, los hombres son asociados con la esfera pública, donde enfrentan retos que promueven su crecimiento intelectual y profesional, actividades consideradas «productivas» y valoradas socialmente (Delgado, 2017).

Además, el trabajo doméstico, realizado mayoritariamente por las mujeres en el hogar, a menudo pasa desapercibido y no se reconoce como un trabajo legítimo. Se percibe como una obligación inherente a su género, sin horarios, descansos ni vacaciones, lo que puede provocar desgaste físico, emocional y social (Delgado, 2017). Cuando las mujeres trabajan fuera de casa, frecuentemente deben contratar a alguien para las tareas domésticas o asumirlas ellas mismas al regresar, enfrentando una doble jornada. En tu hogar, ¿quién se encarga de las tareas domésticas?

¿Influyen estas desigualdades en los comportamientos sexuales?

¡Sin duda alguna! Las expectativas sociales sobre la sexualidad refuerzan profundas desigualdades entre hombres y mujeres. De las mujeres se espera que pospongan las relaciones sexuales hasta el matrimonio, que limiten el número de parejas para evitar juicios negativos y que repriman su deseo o placer sexual para «darse a respetar». Además, se las presiona para ser femeninas, tiernas, orientar su sexualidad al amor o la reproducción, adoptar un rol pasivo (es decir, sin tomar la iniciativa) y cumplir con estándares de apariencia para «gustar». Estas normas restringen su libertad para expresar su sexualidad y las presentan como menos eróticas.

En contraste, de los hombres se espera que sean expertos en sexualidad, tomen la iniciativa, prioricen el placer y ejerzan control sobre su pareja. Se les valora positivamente por tener múltiples parejas, se asume que pueden separar el sexo del amor y que sus relaciones sexuales son también una expresión de poder. Además, se les presiona para ser celosos, instintivos, poseer un pene grande y mantener un desempeño prolongado durante un encuentro sexual, reforzando estereotipos.

Al analizarlo con detenimiento, estas expectativas limitan la libertad de ambos géneros para vivir su sexualidad como deseen y generan relaciones asimétricas, donde suele predominar la dominación masculina y la subordinación femenina (Bellon, 2016). Este desequilibrio facilita situaciones de coerción, abuso, acoso, maltrato y violencia de género.

El poder, entendido como la capacidad de dirigir, pero que en muchas ocasiones se transforma en un control sobre las acciones, deseos o espacios de otras personas, puede manifestarse en relaciones de pareja, así como en instituciones, religiones, familias, amistades, entornos laborales, educativos o medios de comunicación (Bellon, 2016). Quienes lo ejercen buscan mantener privilegios, estatus o riqueza, a menudo a expensas del bienestar de otros, afectando su salud psicológica y, en muchos casos, física.

Si te das cuenta de que alguien necesita ayuda o encuentras a alguien en una situación de discriminación, abuso de poder, desigualdad, violencia o cualquier otra que vulnere sus derechos humanos, busca u ofrece apoyo. Recuerda que existen leyes que nos protegen y que, para hacerlas valer, es necesario denunciar y alzar la voz para que estas injusticias no se repitan.

¿Es posible romper con estas relaciones asimétricas basadas en el poder?

¡Claro que sí es posible! Sin embargo, esto requiere que cada persona aporte su granito de arena. Lograr la igualdad de género, que implica derechos, responsabilidades y oportunidades equitativas para todas las personas, exige el esfuerzo colectivo. Este principio es esencial para construir un mundo sostenible, pacífico, próspero y saludable, donde nadie quede excluido (OMS, 2018). La igualdad de género es un pilar fundamental de los derechos humanos, consagrado en la Carta de las Naciones Unidas de 1945, que promueve «derechos iguales para hombres y mujeres» y establece que todos los Estados deben proteger y fomentar los derechos humanos de las mujeres.

La igualdad de género garantiza libertad y justicia en todos los ámbitos. Desde la infancia, permite que se respete la individualidad de cada persona, sus formas de ser, vestir, pensar, gustos y actividades, sin burlas ni juicios por ser diferente. Al crecer, nos libera de estereotipos que reducen a las personas a ser «débiles» o «fuertes», «sensibles» o «duras», «pasivas» o «activas», o aptas solo para ciertas tareas. Nos otorga la libertad de expresar cualquier emoción, dedicarnos a lo que nos apasiona, compartir equitativamente las responsabilidades del hogar y el cuidado de seres queridos, y valorarnos por quienes somos, no por nuestra apariencia o por asumir riesgos innecesarios.

Acciones para promover la igualdad

Los gobiernos de cada país deben promover la igualdad a través de políticas educativas que fomenten la autonomía económica, garanticen los derechos humanos y eliminen normas de género discriminatorias mediante estrategias y campañas de difusión (OMS, 2013). Sin embargo, el cambio más profundo depende de nosotras y nosotros. Podemos contribuir cuestionando cada estereotipo, siendo quienes queremos ser y respetando la libertad de los demás. Esto implica promover valores como la igualdad, el respeto y la tolerancia, dejar de criticar las diferencias, desarrollar un criterio propio libre de prejuicios, asumir responsabilidades de manera justa, exigir el respeto a los derechos humanos y rechazar la idea de que algunas personas valen más o tienen derecho a dominar a otras.

¿Qué opinas al respecto? ¿Qué crees que puede hacer cada persona para construir un mundo con más igualdad? ¿Qué te gustaría hacer para contribuir a este cambio?

Actividad
«Derribando mitos de género»

Instrucciones:

1. Forma dos listas en tu cuaderno o una hoja:

  • Una con cosas que escuchas habitualmente que «deben hacer» las mujeres o las chicas.
  • Otra con cosas que escuchas que «deben hacer» los hombres o los chicos. Ejemplos: «las chicas deben saber cocinar», «los chicos no lloran», «las chicas no pueden jugar fútbol», «los chicos deben ser fuertes», etc.

2. Observa y piensa sobre estas listas. Responde en tu cuaderno las siguientes preguntas:

  • ¿Te parecen ciertas estas afirmaciones? ¿Por qué sí o por qué no?
  • ¿Qué pasa si alguien no cumple con estas expectativas? ¿Cómo crees que se sienten?
  • ¿Qué actividades o gustos tienes que no coinciden con estas ideas tradicionales sobre cómo debe ser un chico o una chica?

3. Elige una frase de cada lista que te parezca especialmente injusta o incorrecta. Ahora, reescribe esas frases de manera que sean más justas y libres de prejuicios. Ejemplo:

  • Original: «Los chicos no deben llorar».
  • Nueva versión: «Todas las personas tienen derecho a expresar sus emociones y llorar si lo necesitan».

Con esta actividad, se busca que reflexiones acerca de cómo los estereotipos y roles de género pueden afectar negativamente a todas las personas, y motivarte a promover una convivencia más justa e inclusiva.