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2.1 Valores y sexualidad

La sexualidad se construye sobre ciertos valores que son reconocidos universalmente, como el respeto, la dignidad, la libertad y el cuidado de la salud. Estos valores guían la manera en la que actuamos y convivimos con otras personas. Tanto las personas como las sociedades pueden revisar y mejorar estos valores para que nuestras relaciones humanas sean más positivas y saludables (Bedoya, 2014).

A partir de los valores se crean normas que indican cómo actuar, especialmente en temas relacionados con la sexualidad. Esta incluye varios aspectos básicos, como el género, la reproducción, el erotismo, las relaciones afectivas y nuestra orientación e identidad sexual. Aunque estos aspectos están presentes desde el nacimiento, la manera de vivirlos cambia a lo largo de nuestra vida y es distinta para cada persona.

¿Cómo es que estos componentes deben desarrollarse?

Responder esta pregunta implica pensar en nuestros valores. Los valores son ideas sobre lo que consideramos bueno y deseable, así como aquello que no creemos que sea positivo.

A veces pensamos que en la sexualidad no intervienen valores, pero las investigaciones demuestran lo contrario. Por ejemplo, hay estudios que indican que algunos jóvenes, aunque tengan información, no siempre actúan responsablemente con respecto a su salud sexual (Pérez y Fonseca, 2011). Por eso es muy importante promover valores como la responsabilidad y el cuidado hacia uno mismo o una misma y hacia otras personas. Otros valores importantes relacionados con la sexualidad son la solidaridad, la belleza, la libertad, la igualdad, el respeto, la aceptación y la tolerancia.

Libertad y sexualidad en las relaciones de pareja

Uno de los mitos relacionados con el amor romántico es que debemos controlar o ser dueños de nuestra pareja. Sin embargo, intentar hacer esto no habla ni de amor ni de libertad. Tener pareja no debe limitar tu libertad de movimiento, amistades, intereses o actividades.

La libertad sexual no significa hacer lo que se quiera sin considerar a los demás. Una metáfora útil es pensar en la libertad como un pájaro que vuela. El ave necesita espacio y conocer sus límites. Así también ocurre con nuestra sexualidad: debemos tener nuestro espacio personal y reconocer los límites que implica vivir en sociedad.

Hasta aquí, hemos mencionado dos valores principales: la responsabilidad, que significa cuidar nuestro cuerpo y nuestra salud, y la libertad, que implica respetar el espacio y decisiones de nuestra pareja.

La familia juega un papel clave en nuestro aprendizaje sobre estos valores, especialmente en la infancia. Luego, en la adolescencia, comenzamos a decidir qué valores mantendremos y cuáles no. Este proceso es dinámico y puede cambiar a lo largo de la vida.

Es importante mencionar que, a medida que crecemos, podemos elegir valores diferentes a los que nos enseñaron nuestras familias. Lo esencial es identificar nuestros propios valores y actuar en consecuencia, respetando siempre los derechos de las personas a nuestro alrededor.

Además de la libertad sexual, hay otros dos aspectos importantes: congruencia y armonía. La congruencia ocurre cuando la manera en que expresamos nuestra sexualidad es compatible con otras formas de expresión personal, es decir, que nuestras acciones no entren en conflicto con nuestros propios valores y sentimientos. La armonía es cuando todas las dimensiones de nuestra sexualidad (como afectos, género y erotismo) funcionan juntas y van en la misma dirección, sin contradecirse.

Otro valor fundamental es la responsabilidad, que significa estar conscientes de las consecuencias que tienen nuestras acciones y asumirlas. El respeto y la responsabilidad son esenciales para vivir una sexualidad saludable, considerando siempre cómo nuestras decisiones afectan a otras personas y a nosotros mismos o mismas.

La sexualidad ideal es plena, libre, congruente y armónica con el resto de nuestras cualidades. Aunque este ideal parece difícil de alcanzar completamente, tenerlo presente nos ayuda a vivir mejor. Finalmente, algunos otros valores esenciales en la sexualidad son el amor propio, la paciencia, la fortaleza y el respeto, tanto a las demás personas como a nosotros o nosotras mismas.

Actitudes

Las actitudes son formas de reaccionar o responder ante situaciones, personas o cosas. Por ejemplo, cuando algo te gusta o te desagrada, reaccionas con una actitud positiva (favorable) o negativa (desfavorable). Las actitudes guían cómo interpretas el mundo que te rodea.

Las actitudes no nacen contigo, sino que las aprendes a lo largo de tu vida. Algunas son difíciles de cambiar y permanecen contigo, pero otras pueden modificarse al aprender nueva información, convivir con diferentes personas o vivir nuevas experiencias.

Piensa un poco en tus creencias y valores. ¿Dónde los aprendiste? Probablemente, te darás cuenta de que no solo vienen de tu familia, sino también de la escuela, tus amistades y tu entorno social. Ahora pregúntate, ¿cuáles de esos valores realmente sientes como tuyos?

Cuando no tengas claro qué hacer, aquí tienes algunos consejos prácticos:

  • No hagas daño ni límites la libertad o dignidad de otras personas ni la tuya.
  • Dale prioridad a los vínculos afectivos sobre acciones concretas o deseos sexuales.
  • Siempre dialoga para resolver diferencias de forma justa y equitativa, sin presiones ni imposiciones.

Esto te ayudará a reconocer claramente cuáles son tus valores personales y te permitirá defenderlos. Recuerda que cada persona tiene diferentes actitudes y creencias; lo importante es respetar esas diferencias, sin imponer tus ideas sobre las demás personas ni dejar que te impongan las suyas.

Creencias

Una creencia es una idea que se acepta como verdadera, aunque no se tenga una prueba absoluta de ello. Muchas creencias vienen de la educación, la familia o la religión. Aunque las creencias son personales, también pueden estar influídas por lo que dicen otras personas o por la sociedad en la que se vive.

Los valores y creencias son importantes porque guían nuestro comportamiento, sobre todo cuando tenemos que tomar decisiones difíciles. Por ejemplo, imagina que una amiga que quieres mucho tiene una pareja desconsiderada. ¿Qué haces? Si crees que los problemas de pareja son privados, quizás prefieras no hacer nada. Sin embargo, si crees en el respeto y el diálogo, probablemente busques la manera de ayudarla o aconsejarla.

Lo mismo sucede con las decisiones que tomas con respecto a tu sexualidad, las cuales deben ser guiadas por tus creencias, tu proyecto de vida y tus valores personales. Tal vez escuches opiniones de personas que respetas y consideres sus consejos, pero recuerda que la decisión final es siempre tuya; nadie más debe decidir por ti.

Además, es importante reconocer que la sociedad muchas veces nos hace creer que debemos comportarnos de cierta manera por ser hombres o mujeres. Sin embargo, esos comportamientos no son obligatorios ni naturales (no nacemos con ellos) y podemos elegir actuar diferente. Por ejemplo, ser hombre no significa ser violento, tanto como ser mujer no equivale a ser sensible. Las conductas y características de una persona no están vinculadas a su género. Incluso, querer actuar según estos estereotipos de género puede ponernos en peligro; por ejemplo, muchos hombres que quieren «demostrar su masculinidad», se ponen en situaciones de riesgo que afectan su salud y comprometen su vida (Merdassa, 2023). 

Durante mucho tiempo se ha considerado a la sexualidad como algo que genera incomodidad o culpa. Desde la infancia, algunas personas aprenden que sentir placer o vivir experiencias eróticas es malo, lo cual puede afectar negativamente cómo piensan y actúan cuando crecen. Además, creer en ciertos mitos puede llevarnos a pensar equivocadamente que el amor y las relaciones sexuales implican sufrimiento o dolor. Sin embargo, la realidad es que todas las personas tenemos derecho a vivir y disfrutar de nuestra sexualidad y vínculos de manera plena, así como aprender a resolver las dificultades y conflictos de manera pacífica y saludable.

Individualización

Durante la adolescencia, además de los cambios físicos, se inicia un proceso interno en el que nos separamos emocionalmente de nuestra madre, padre o personas adultas significativas. Este proceso se conoce como individualización y es esencial para lograr autonomía.

Durante esta etapa también establecemos nuestra propia escala de valores o código ético que, aunque puede basarse en lo que aprendimos en la familia, requiere de nuestra interpretación personal. Por otro lado, además de conformar un grupo de amistades o personas de nuestra misma edad, poco a poco establecemos una distancia saludable con las generaciones anteriores.

Es un momento clave para construir nuestra propia identidad y definir un proyecto de vida, considerando nuestra propia visión del mundo, el momento que vivimos y nuestros valores personales. En este período también comenzamos a explorar nuestra sexualidad y erotismo, lo que puede poner nerviosas a las personas en nuestra familia, sobre todo a las y los adultos.

Desde el punto de vista familiar, esta preocupación se centra en que, en esta etapa, muchas personas no son independientes económicamente y aún están en proceso de formación educativa y emocional. Por estas razones, muchas familias sienten miedo o preocupación respecto al ejercicio de la sexualidad en la adolescencia. Pero, ¿a qué le tienen miedo exactamente? Seguramente sabes la respuesta: entre otras cosas, temen a un embarazo no planeado o a la posibilidad de contraer una infección de transmisión sexual (ITS).

¿Qué hacer en estos momentos de conflicto con tu mamá, papá o con alguna otra persona importante? Lo primero es mantener la calma. Es importante reconocer que quienes están a tu alrededor no siempre saben cómo reaccionar ante los cambios que vives, porque esto también despierta emociones en ellos. Mantener la calma ayuda a que estos conflictos, que son comunes en las relaciones familiares, no crezcan hasta volverse dolorosos y muy complicados de resolver.

En estos casos es muy útil practicar la empatía, es decir, tratar de entender profundamente, tanto racional como emocionalmente, lo que sienten y piensan las otras personas. Y aunque es cierto que tus familiares pueden tener expectativas sobre ti que no estás obligado u obligada a cumplir, sí puedes hacer un esfuerzo por entender sus razones y dialogar desde un lugar de respeto y comprensión mutua.

Actividad:
«Carta desde el futuro»

El objetivo de esta actividad es reflexionar sobre tu proceso de individualización, comprendiendo y valorando las preocupaciones de tu familia o personas importantes, para resolver posibles conflictos desde la empatía y el respeto.

Instrucciones:

Imagina que han pasado 10 años desde este momento. Ahora eres una persona adulta independiente. Desde esta perspectiva, escribe una carta dirigida a tus familiares (madre, padre u otras personas adultas significativas), reconociendo cómo viviste la adolescencia, especialmente tu proceso de separación e individualización. En tu carta, incluye lo siguiente:

  • Explica cómo te sentías respecto a tu autonomía, tu sexualidad y los cambios en tu vida.
  • Reconoce qué miedos o preocupaciones tenían tus familiares y explica por qué ahora, desde tu perspectiva adulta, comprendes sus razones y sentimientos.
  • Describe algún conflicto que tuviste con ellos durante esta etapa, analizando qué pasó, cómo actuaste, cómo reaccionaron y cómo crees que pudo resolverse mejor desde la empatía y el respeto mutuo.

Al terminar tu carta, reflexiona brevemente sobre estas preguntas:

  • ¿Qué aprendí al imaginar cómo me vería a mí mismo o misma en el futuro?
  • ¿Qué aspectos puedo mejorar ahora para entender mejor a mis familiares o personas significativas?
  • ¿Cómo podría utilizar la empatía y el respeto para resolver futuros conflictos?