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3.2 Desmontar al patriarcado para alcanzar la igualdad de género.

Las desigualdades de género no son recientes; tienen raíces profundas en la historia de la humanidad. Especialistas coinciden en que estas desigualdades y la violencia que han enfrentado las mujeres a manos de los hombres están relacionadas con el sistema patriarcal, una estructura sociocultural que ha definido las relaciones de poder.

La palabra «patriarcado» proviene del griego y significa «gobierno de los patriarcas». Originalmente, un patriarca era el líder de una familia o tribu, un hombre con autoridad moral en su comunidad (Real Academia Española, 2020). Hoy, el patriarcado se entiende como un sistema que da a los hombres poder sobre mujeres y niños, tanto en el hogar como en la sociedad. Según Gerda Lerner (1985), el patriarcado representa el dominio masculino sobre mujeres y niños en la familia, extendiéndose también a la sociedad.

Hay varias teorías sobre el origen del patriarcado. Algunas lo sitúan en la Antigua Grecia o en tradiciones judeocristianas mencionadas en la Biblia, mientras que otras lo relacionan con eventos históricos, como la Revolución Francesa, que excluyó a las mujeres de la ciudadanía plena. En ese contexto, Olympe de Gouges publicó en 1791 la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, afirmando que las mujeres nacen libres e iguales a los hombres en derechos (Luis, 2016). Sin embargo, sus demandas fueron ignoradas y fue condenada a muerte, mostrando la resistencia a reconocer la igualdad de género.

Los orígenes del patriarcado podrían remontarse al paso de sociedades nómadas a sedentarias. En culturas nómadas, se valoraba a las mujeres como dadoras de vida, asociadas con la fertilidad. Pero al establecer comunidades sedentarias y desarrollar la ganadería, se comprendió que la reproducción dependía de la interacción entre hombres y mujeres. Este descubrimiento, junto con la necesidad de protección territorial, otorgó más poder a los hombres.

El patriarcado se reforzó a través de narrativas escritas por hombres, como la Biblia, que presenta al hombre como una creación divina y a la mujer como derivada de él. Esta narrativa refuerza la subordinación femenina. Gerda Lerner (1985) señala que estas ideas, arraigadas en la filosofía griega y la tradición jurídica, han permitido a los hombres definir el mundo en sus términos, relegando a las mujeres al cuidado del hogar y creando un abismo entre géneros.

El patriarcado también se refleja en el lenguaje, que ha privilegiado al masculino. Frases como «la historia del hombre» excluyen a las mujeres y otras identidades de género. Aunque se argumente que «hombre» engloba a todos, esta práctica oculta la contribución de las mujeres. Por ejemplo, en un grupo de nueve mujeres y un hombre, el pronombre masculino predomina, invisibilizando a las mujeres. Además, términos como «la ingeniero» persisten en lugar de «la ingeniera». En respuesta, se han promovido formas de lenguaje inclusivo, como la «x» o la «e».

A pesar de avances como el derecho al voto y el acceso a la educación y empleos, las mujeres aún enfrentan barreras para alcanzar la igualdad de género. Este concepto no implica que todas las personas sean iguales, sino que tengan los mismos derechos y oportunidades, sin importar su género. La igualdad de género, según la UNESCO (2014), garantiza que todas las personas puedan vivir la vida que desean en las esferas pública y privada. La ONU enfatiza que esta igualdad es un derecho humano fundamental y esencial para sociedades pacíficas y sostenibles.

Lograr la igualdad de género requiere reconocer las diferencias y los privilegios históricos que han favorecido a los hombres. En el apartado anterior, se destacaron desigualdades evidentes, como la escasa representación de mujeres en cargos de liderazgo político —solo 28 mujeres eran Jefas de Estado o de Gobierno en 2025, según ONU Mujeres— y su limitada participación en la riqueza mundial, con solo el 11.5% de las personas millonarias en la lista de Forbes (2020) siendo mujeres. Estas disparidades reflejan un sistema que perpetúa injusticias, lo que nos lleva a otro concepto clave: la equidad de género.

La equidad de género se distingue de la igualdad porque busca la justicia adaptada a las necesidades específicas de cada género. Una analogía común ilustra este punto: tres personas de diferentes estaturas intentan ver un partido de béisbol detrás de una barda. La persona más alta no necesita ayuda, pero las otras dos requieren bancos. Darles a todos un banco idéntico (igualdad) no resuelve el problema, ya que la persona más baja seguiría sin ver. En cambio, proporcionar bancos de diferente altura según sus necesidades (equidad) permite que todos disfruten del partido. La equidad de género, según la UNESCO (2014), implica un trato justo que puede ser igualitario o diferenciado, pero equivalente en términos de derechos, beneficios y oportunidades.

En este contexto, algunos países han implementado medidas compensatorias o acciones afirmativas para corregir desigualdades históricas. Además, existen tratados y convenios internacionales y regionales que condenan la violencia de género, exigiendo a los países que los han firmado, que tomen acciones específicas al respecto. De todos ellos, destacan tres:

La Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) es un tratado internacional que establece que la violencia contra las mujeres es una forma de discriminación que limita su libertad y derechos fundamentales. Por lo tanto, obliga a los Estados a tomar medidas para prevenir, sancionar y eliminar dicha violencia, garantizando que las mujeres puedan vivir una vida libre de cualquier tipo de abuso o discriminación. Requiere que se proporcionen medidas concretas para proteger a las víctimas de violencia, incluyendo apoyo legal, médico, psicológico y refugio cuando sea necesario; también, deben comprometerse a fomentar cambios culturales y educativos para eliminar estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias que perpetúan la violencia contra las mujeres.
La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer, conocida como la Convención de Belém do Pará, es un tratado internacional adoptado en 1994 por la Organización de los Estados Americanos (OEA). Su principal objetivo es prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra la mujer, definiéndola como cualquier acción o conducta, basada en el género, que cause daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado. Así, reconoce que la violencia contra las mujeres es una violación a los derechos humanos y una forma de discriminación que afecta su dignidad y desarrollo integral. Por eso, establece que los Estados deben implementar políticas y programas específicos para prevenir la violencia contra las mujeres.
El Consenso de Montevideo es el principal acuerdo intergubernamental de América Latina y el Caribe en materia de población y desarrollo, adoptado en 2013 por 38 países. Este acuerdo establece un marco para promover la igualdad de género y el desarrollo sostenible, con un enfoque en los derechos humanos, la salud integral y la diversidad.  Es una herramienta clave para abordar desafíos en materia de población y desarrollo, incluyendo la equidad de género.

Actividad
«Derribando mitos de género»

Instrucciones:

1. Forma dos listas en tu cuaderno o una hoja:

  • Una con cosas que escuchas habitualmente que «deben hacer» las mujeres o las chicas.
  • Otra con cosas que escuchas que «deben hacer» los hombres o los chicos.
    Ejemplos: «las chicas deben saber cocinar», «los chicos no lloran», «las chicas no pueden jugar fútbol», «los chicos deben ser fuertes», etc.

2. Observa y piensa sobre estas listas. Responde en tu cuaderno las siguientes preguntas:

  • ¿Te parecen ciertas estas afirmaciones? ¿Por qué sí o por qué no?
  • ¿Qué pasa si alguien no cumple con estas expectativas? ¿Cómo crees que se sienten?
  • ¿Qué actividades o gustos tienes que no coinciden con estas ideas tradicionales sobre cómo debe ser un chico o una chica?

3. Elige una frase de cada lista que te parezca especialmente injusta o incorrecta. Ahora, reescribe esas frases de manera que sean más justas y libres de prejuicios.
Ejemplo:

    • Original: «Los chicos no deben llorar».
    • Nueva versión: «Todas las personas tienen derecho a expresar sus emociones y llorar si lo necesitan».

Con esta actividad, se busca que reflexiones acerca de cómo los estereotipos y roles de género pueden afectar negativamente a todas las personas, y motivarte a promover una convivencia más justa e inclusiva.