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3.1 ¿Cuál es mi género? ¿Cómo repercute en mi vida?

Pocos aspectos nos definen tanto en la vida como el género, es decir, el hecho de ser hombre o mujer. Y es que, en esta sociedad —como en casi todas—, la vida de una persona no es la misma si es hombre o si es mujer.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de género? Para empezar, es importante no confundir este concepto con el de sexo. Aunque en ocasiones se usan como sinónimos, no significan lo mismo.

El sexo tiene que ver con la biología, los órganos sexuales con los que nacemos, los cromosomas, las hormonas y otras características físicas. El sexo se define como la serie de características físicas determinadas genéticamente, que colocan a las personas en algún punto de un continuo que tiene como extremos a los individuos reproductivamente complementarios y que se conocen como machos y hembras (Álvarez-Gayou, 2011).

En cambio, el género se refiere al conjunto de características sociales, psicológicas, políticas y culturales que se asignan a las personas, y que también se organizan en un continuo cuyos extremos serían lo que culturalmente entendemos como «hombres» y «mujeres». Es un concepto social y culturalmente construido, lo que significa que varía según la época y sociedad (Benería, 1987).

La definición de género explica por qué la filósofa, escritora y activista feminista Simone de Beauvoir (1949) alguna vez dijo: «Nadie nace mujer, se llega a serlo». Lo mismo ocurre con los hombres: no se nace siendo uno, se aprende a serlo. Este aprendizaje comienza desde la infancia, a través de los juguetes, la ropa o los roles asignados según el sexo que se nos asigna al nacer.

Ahora bien, aunque sexo y género no son lo mismo, muchas personas todavía creen que deben coincidir. Es decir, alguien que nace con pene es considerado macho (sexo), y se espera que se identifique con el género masculino; si nace con vulva, se asume que su género será femenino.  En la mayoría de los casos, esta correspondencia ocurre, pero no siempre. Hay personas que nacen con pene y se identifican como mujeres, y personas que nacen con vulva y se identifican como hombres. A estas personas se les conoce como transgénero, transexuales, o simplemente personas trans.

También existen personas que, aunque se identifican con el sexo que les fue asignado al nacer, ocasionalmente disfrutan expresarse como el otro género (mediante la utilización de prendas de vestir, actitudes y comportamientos). En este caso hablamos de personas travestis.

Para comprender mejor estas experiencias es importante conocer dos conceptos clave: la identidad de género y la expresión de género.

La identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género, la cual puede o no corresponder con el sexo asignado al momento del nacimiento (es decir, el que se asigna generalmente basado en los órganos sexuales externos, como el pene o la vulva). La identidad de género suele consolidarse en los primeros años de vida, comúnmente entre los dos y tres años (Graham, 2023).

Todas las personas tenemos una identidad de género. Algunas se identifican como hombres o mujeres, otras como bigenéricas o de género fluido, y otras como no binarias, es decir, no se identifican con ninguna categoría tradicional de género.

Lo importante es entender que sexo y género no son lo mismo, y que uno no define necesariamente al otro. También es útil hacernos algunas preguntas:

  • ¿Cómo me siento al saberme hombre o mujer?
  • ¿De qué manera el ser hombre o mujer me ha dado privilegios o me ha limitado?
  • ¿Qué tan empático o empática soy con quienes viven su género de forma diferente a la mía?

2. Igualdad, estereotipos y roles de género.

Es una realidad que, históricamente, ser hombre o ser mujer ha marcado diferencias importantes en nuestras vidas. Durante siglos, los hombres eran quienes tomaban las decisiones relevantes en las naciones, mientras que las mujeres se quedaban en casa criando a hijas e hijos y atendiendo las labores domésticas.

Aunque las cosas están cambiando, persisten notorias desigualdades derivadas de lo que algunas personas especialistas identifican como el sistema patriarcal. Este sistema, también llamado patriarcado, consiste en la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niñas y niños de la familia, y la ampliación de ese dominio sobre las mujeres en la sociedad en general (Lerner, 1990).

A pesar de que América Latina y el Caribe han cerrado casi tres cuartas partes de su brecha de género en las últimas décadas, aún queda mucho por avanzar (World Economic Forum, 2023). De acuerdo con datos del BID (2021), las mujeres de esta región ocupan solo el 15% de los cargos directivos y son dueñas de apenas el 14% de las empresas. De hecho, solo en una de cada diez empresas el puesto de gerente principal lo ocupa una mujer.

La igualdad de género se refiere a que mujeres y hombres deben tener los mismos derechos, oportunidades y responsabilidades. Es decir, el género no debe ser un obstáculo para ejercer nuestros derechos ni para acceder a las mismas oportunidades. Implica, también, garantizar la posibilidad de que todas las personas puedan construir la vida que desean, tanto en el ámbito privado como en el público.

Hoy se reconoce a nivel internacional que la igualdad de género es una pieza clave para el desarrollo sostenible (UNESCO, 2014). Para alcanzarla, es necesario considerar las ventajas y desventajas que históricamente han afectado a cada género, así como los privilegios que han colocado los intereses de los hombres por encima de los de las mujeres.

También es fundamental desmontar muchos estereotipos y roles de género que se nos han impuesto a partir de supuestas diferencias biológicas entre hombres y mujeres, pero que hoy resultan obsoletos. Por ejemplo, algunos estereotipos sostienen que las mujeres son más tiernas, sensibles y aptas para el cuidado de otras personas (niños o niñas, personas enfermas o mayores), mientras que los hombres son más racionales, asertivos, rudos y mejor preparados para el liderazgo o la política.

Estos estereotipos generan roles de género igualmente cuestionables, pero aún vigentes en muchos sectores sociales. Según estos roles, las mujeres deben encargarse de las tareas domésticas, el trabajo no remunerado o profesiones de servicio (como enfermería, docencia o trabajo social). En cambio, se espera que los hombres sean los proveedores del hogar y se desempeñen en puestos de liderazgo político, empresarial o deportivo.

Alcanzar la igualdad de género es una aspiración válida y urgente. No se logrará de la noche a la mañana, pero es fundamental seguir trabajando, tanto desde las leyes y políticas públicas como desde nuestra conciencia individual. Es importante que tanto mujeres como hombres tomemos conciencia del daño que generan los estereotipos de género, ya que limitan el desarrollo humano y afectan la armonía familiar y social.

Actividad
«Rompiendo prejuicios»

Instrucciones:

1. Piensa en alguna ocasión en la que sentiste que alguien te juzgó sin conocerte realmente. Tal vez por tu género, tus gustos o por cómo te comportas.

2. Responde en tu cuaderno o en una hoja las siguientes preguntas sobre esa situación:

  • ¿Qué ocurrió exactamente?
  • ¿Cómo te hizo sentir?
  • ¿Qué te hubiera gustado que pasara en lugar de eso?

3. Ahora piensa si tú también has juzgado a alguien sin conocerlo o conocerla bien, asumiendo cosas sobre su forma de ser por su género, orientación sexual o apariencia.

  • ¿Qué prejuicio o estereotipo usaste?
  • ¿Cómo crees que se sintió esa persona?

4. Crea un cartel o póster pequeño en el que escribas una frase contra los prejuicios y la discriminación. Añade un dibujo o una decoración que refleje respeto e inclusión. Por ejemplo, podrías escribir frases como:

  • «Conocer antes de juzgar»,
  • «Cada persona es única, no juzgues sin saber» o
  • «Rompe los estereotipos, respeta la diversidad».

Esta actividad busca ayudarte a identificar prejuicios, comprender cómo afectan a las personas, y animarte a construir un ambiente más justo y amable con quienes te rodean.