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3.2 Estereotipos de género e igualdad

La importancia de cuestionar los estereotipos de géneros en pro de lograr la igualdad

Los estereotipos de género se pueden definir como un conjunto de creencias compartidas socialmente acerca de las características que poseen hombres y mujeres, que suelen aplicarse de manera indiscriminada a todos los miembros de cada uno de esos grupos (Cuadrado, 2007).

Según estos estereotipos, las mujeres deben ser cariñosas, amables, dóciles y sometidas al poder del hombre; mientras que él debe ser agresivo, fuerte y activo en la toma de decisiones (Froufe, 1997; Padilla, Sánchez, Martín y Moreno, 1999).

La influencia de los estereotipos de género es tan relevante, que desde el momento en que se categoriza a una persona sexualmente, se le aplican de manera automática las características asociadas al género que espere que performe (Cuadrado, 2007).

Estas ideas preconcebidas, en la mayoría de los casos, están marcadas por el sexismo, sistemas de creencias, actitudes y prácticas sociales que discriminan, subordinan o privilegian a las personas en función de su sexo o género, sustentando desigualdades estructurales y culturales. Estos pueden manifestarse en prejuicios, estereotipos, violencia y exclusión hacia grupos históricamente oprimidos, especialmente hacia mujeres, personas trans y diversidades sexuales, perpetuando relaciones de poder desiguales (Alonso-Ruido, 2025).

Los roles de género son conductas estereotipadas por la cultura; por tanto, pueden modificarse, dado que son tareas o actividades que se espera realice una persona por el sexo al que «pertenece#. Por ejemplo, tradicionalmente se ha asignado a los hombres roles de políticos, mecánicos, jefes, etcétera, es decir, el rol productivo; y a las mujeres el rol de amas de casa, maestras, enfermeras, etcétera (rol reproductivo) (Inmujeres, 2007).

Como persona replicadora de este módulo, ¿para te qué puede servir este material?

Cuando trabajamos con la población adolescente, vemos claramente que están en una etapa de vida en pleno desarrollo de su identidad, por lo cual es de vital importancia que comprendan el impacto negativo que pueden tener los estereotipos de género en el desarrollo de sus potencialidades y en las dinámicas de relación con otras personas, incluidas las relaciones amorosas.

Los estereotipos de género, según Bonder (1993), constituyen las ideas que ha construido una sociedad sobre los comportamientos y sentimientos que deben tener las personas en relación a su sexo y son transmitidas de generación en generación.

Con el tiempo, los estereotipos se naturalizan y asumen como verdades absolutas e intemporales, respecto a cómo deben ser y comportarse los hombres y las mujeres, con lo que se dificulta su cuestionamiento y la posibilidad de cambio de los roles que nos han enseñado.

Del mismo modo, las identidades, los roles y las conductas que se identifican en cada sociedad como distintivas de los hombres y las mujeres, son el producto de percepciones construidas en la cultura, a partir de una serie de aprendizajes que nos simbolizan y no de hechos dados por la naturaleza (Serret y Méndez, 2011).

Por lo tanto, las características que se consideran femeninas o masculinas «por naturaleza» son resultado de lo construido por la sociedad. Se encuentran fuertemente enraizados en la sociedad, al marcar y controlar las pautas de comportamiento que se esperan de hombres y mujeres, al definir los modelos de feminidad y masculinidad, y al sancionar aquellas conductas que se escapan de los patrones de género admitidos.

Prejuicios de género

Según el Diccionario de la Lengua Española (2020), un prejuicio es una «opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal».

Los prejuicios de género:

  • Atribuyen rasgos y comportamientos desfavorables acerca de los géneros
  • Son compartidos por mucha gente.
  • Los hemos aprendido por imitación, sin cuestionarlos.
  • Conducen a la discriminación y en muchos casos a la violencia.

Ejemplos de estereotipos y prejuicios de género femenino, que se cree y espera que las mujeres sean:

  • Inestables emocionalmente.
  • Pasivas.
  • Irracionales.
  • Tiernas y sumisas.

Ejemplos de estereotipos y prejuicios de género masculino, que se cree y espera que los hombres sean:

  • Controlados emocionalmente.
  • Agresivos y con capacidad de dominio.
  • Objetivos y racionales.
  • Tendencia al riesgo y a la violencia.

Masculinidades

Es el conjunto de atributos, valores, comportamientos y conductas que son características asignadas a los hombres. No existe una única manera de ser hombre, ya que esta vivencia varía de acuerdo con el contexto y momento histórico, social, cultural, económico, jurídico, etcétera; por lo tanto, su significado se modifica a lo largo de cada época. Por ejemplo, no es lo mismo ser un hombre blanco, con dinero, que vive en la ciudad, a ser un hombre indígena, moreno y con pocos recursos económicos. Cada uno enfrentará diversas oportunidades, retos y ejercicio del poder. De la misma manera, no es lo mismo ser una mujer blanca, con estudios universitarios y con un alto ingreso económico por su trabajo profesional, que una mujer con estudios básicos, que trabaja en la limpieza de una tienda.

Factores como el color de piel, el lugar de origen, la orientación sexual, la condición socioeconómica, hasta la pertenencia a algunos grupos, son factores de diferenciación masculina y de diferenciación femenina.

Dentro de las diferentes maneras de vivir las masculinidades existe la masculinidad hegemónica; constructo social que establece un modelo dominante y considerado como norma para ciertos tipos de masculinidades, mientras que otras expresiones masculinas son relegadas o subordinadas. Este patrón sostiene la desigualdad al validar la supremacía masculina sobre las mujeres y otras identidades de género, asociándose con características como el dominio, la fuerza física, la heterosexualidad impuesta y la restricción emocional (Carrillo y Castro, 2010). Es un modelo de comportamiento masculino impuesto que crear la idea equivocada de que sólo hay una única forma de vivir la masculinidad y discrimina a los hombres que rompen este esquema. Cuando una sociedad valida esta idea de cómo debe performarse la masculinidad, y valora de forma distinta a los hombres que no cumplen con el criterio, fortalece el sistema de desigualdad, no solo hacia las mujeres sino entre los propios hombres.

Este modelo de masculinidad hegemónica, según Bonino (2002), implica:

  • Rechazar todo aquello que sea femenino.
  • Determina la necesidad de tener poder y fortaleza, como medios de control.
  • Favorece la idea de que las actividades de riesgo y violencia refuerzan la hombría.
  • Limita la capacidad de expresar las emociones y la cercanía con otras personas.

Repensar la masculinidad

Existen varias propuestas teóricas que buscan problematizar las masculinidades hegemónicas desde diversas perspectivas interdisciplinarias y críticas. Algunas de las más relevantes son:

1. Teoría feminista y de género: analiza cómo las masculinidades hegemónicas se construyen y mantienen a través de relaciones de poder patriarcales, cuestionando las normas tradicionales y proponiendo la deconstrucción del género para lograr igualdad (Butler, 2004; Hooks, 2004).

2. Estudios críticos de hombres: esta perspectiva investiga las formas en que los hombres se relacionan con las normas de género, visibilizando la pluralidad de masculinidades y promoviendo la reflexión crítica sobre privilegios, roles y la socialización masculina (Kimmel, 2000).

3. Teoría Queer: Cuestiona la rigidez de las categorías de género y sexualidad, desafiando las normas binaristas que sustentan la masculinidad hegemónica y abogando por identidades fluidas y no normativas (Sedgwick, 1990; Butler, 1990).

4. Interseccionalidad: propone entender las masculinidades en relación con otras dimensiones de identidad y opresión, como la raza, clase social, etnia y discapacidad, mostrando que las masculinidades hegemónicas no son universales y que existen múltiples formas de vivir la masculinidad (Crenshaw, 1991).

5. Perspectiva postcolonial y decolonial: critica cómo la masculinidad hegemónica occidental impone modelos globales y excluye otras formas culturales y tradicionales de ser hombre, promoviendo el reconocimiento y valorización de masculinidades diversas en contextos no occidentales (Morrell, 2001).

6. Nuevas masculinidades: son propuestas teóricas y prácticas que buscan cuestionar y transformar los modelos tradicionales de masculinidad hegemónica, promoviendo formas de ser hombre basadas en la igualdad, la diversidad, el respeto y la no violencia (Aguayo y Nascimento, 2016).

Si bien ha crecido el interés por parte de los hombres por cuestionar y generar espacios de reflexión en torno a su ser hombre, el movimiento de masculinidades alternativas o nuevas masculinidades es el más conocido hasta el momento. Entre sus principales premisas están (OPS, 2015):

  • El compromiso con el cambio personal (expresión de afectos, manejo de la ira y la frustración, vivencia de la sexualidad, luchar contra la discriminación por género u orientación sexual).
  • La lucha activa contra la violencia hacia las mujeres.
  • Asumir de forma igualitaria la responsabilidad en el cuidado de las personas, como las hijas o los hijos.
  • El apoyo, el impulso y al hacer visibles los modelos positivos de masculinidad (hombres cuidadores, pacíficos, sensibles).
  • Establecer formas igualitarias en el ejercicio del poder.

Una premisa central para el análisis de la hegemonía y para la construcción de otras formas de ser y relacionarse inter e intra genéricamente es visibilizar que la masculinidad se funda en el patriarcado. Mientras la idea de supremacía de los hombres no se derroque, difícilmente podrán cambiar las relaciones.

Feminidades

Actualmente muchas mujeres buscan otras formas más justas y plenas de vivir el ser mujer, cuestionándose los roles y estereotipos tradicionalmente aprendidos. A este respecto, diferentes corrientes del feminismo han sido un punto de apoyo teórico, ético y crítico para cuestionar el orden social y ancestralmente aprendido.

Entre los fundamentos principales de los feminismos está la idea de que las mujeres también son seres humanos y que, a la par de los hombres, deben gozar de todos los derechos, y las condiciones para mitigar las desigualdades que por siglos les han colocado en un plano secundario en el ejercicio de derechos.

Para muchas mujeres, el camino de asumirse mujeres ha sido un camino espinoso en el que la sociedad ha implantado, en la teoría y la práctica, la idea de desigualdad, de menor valor y ha arrebatado la percepción de agencia, es decir la percepción de autoeficacia y la posibilidad de poner en marcha los propios recursos rumbo a un objetivo (Pick, et al., 2007).

La igualdad no significa que las mujeres y los hombres sean iguales, sino que los derechos, las responsabilidades y las oportunidades no deben depender del sexo con el que nacieron, ni del género con el que se identifican. La igualdad de género supone que se tengan en cuenta los intereses, las necesidades y las prioridades, tanto de las mujeres como de los hombres, al reconocerse su diversidad (ONU, 2015). La igualdad es un derecho humano exigible por los Estados y protegido por diversos tratados, mientras la equidad es el medio para lograrlo.

La equidad de género es:

«La imparcialidad en el trato que reciben mujeres y hombres de acuerdo con sus necesidades respectivas, ya sea con un trato igualitario o con uno diferenciado pero que se considera equivalente en lo que se refiere a los derechos, los beneficios, las obligaciones y las posibilidades» (ONU, 2015).

En el ámbito del desarrollo, la equidad de género es fundamental pues, a menudo, se requiere incorporar medidas encaminadas a compensar las desventajas históricas y sociales que arrastran las mujeres y que les colocan en una constante desventaja por la carga que dicho rol de género implica.

El género y su impacto en las relaciones de pareja

Las formas en las que se han vivido y aprendido las diferencias de género impactan en las relaciones de pareja, y son determinantes en el plan de vida, en las emociones y en las formas de participar en esas relaciones y, por lo tanto, determinan las formas como se supone que «deben» amar las mujeres y los hombres.

El amor romántico es la idealización de las relaciones de pareja y es, en muchos casos, la base de relaciones dependientes, inequitativas, de control y violencia, basadas en mitos que sostienen, por ejemplo, que «el amor vencerá» cualquier obstáculo, y que «el verdadero amor» lo perdona todo (Flores, 2019).

Desde la mirada del amor romántico, la mujer «debe» amar incondicionalmente, debe priorizar por encima de todas las relaciones a su relación de pareja, y se le deposita el encargo de «guardarse» para «el amor de su vida», el cual es motivo de su existencia, da sentido a su identidad, es su complemento y razón por el cual se podrá «realizar» y así sentirse «completa».

El hombre es educado a priorizar su realización personal, antes que la búsqueda de un vínculo de pareja; dado que no es educado para ser «afectivo», su amor está condicionado al cumplimiento de ciertas expectativas y también se le enseña que hay «una indicada» para él, pero que puede buscarla a partir de vincularse con muchas mujeres, antes de encontrar «al amor de su vida».

Con estas evidentes diferencias entre los objetivos relacionales entre hombres y mujeres, ¿cómo esperar que haya un  proyecto común de pareja? Si a unas se les educa para la subordinación, y a otros para la dominación, ¿Cómo construir relaciones encaminadas a la igualdad?

Igualdad de género

La igualdad de género se refiere a la situación en la que mujeres, hombres y personas de diversas identidades de género tienen las mismas oportunidades, derechos y responsabilidades en todos los ámbitos de la vida, incluyendo educación, empleo, participación política y acceso a recursos (ONU Mujeres, 2019).

Los Estados deben promover que todas las personas tengan un futuro con autonomía económica para que exista independencia, garantizar los derechos humanos y a través de estrategias de medios de difusión la eliminación de normas (roles) de género (OMS, 2021). Sin embargo, persisten brechas de género significativas a nivel mundial que reflejan desigualdades estructurales y culturales profundas.

Entonces, en términos reales, ¿qué tan cerca estamos de la igualdad de género?:

Las brechas de género más visibles se encuentran en el ámbito laboral, donde las mujeres ganan en promedio un 20% menos que los hombres a nivel global, según el Informe sobre la Brecha de Género del Foro Económico Mundial (WEF, 2023). Esta diferencia se debe tanto a la segregación ocupacional como a la discriminación directa y la falta de acceso a posiciones de liderazgo. Además, las mujeres enfrentan mayor precariedad laboral y sobrecarga en trabajos no remunerados, como el cuidado del hogar y de familiares, lo que limita sus oportunidades de desarrollo personal y profesional (OIT, 2024).

En educación, aunque el número de mujeres matriculadas ha aumentado y en muchos países supera al número de hombres en educación primaria y secundaria, todavía existen brechas en áreas como ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), donde la presencia de mujeres es menor (UNESCO, 2023). En el ámbito político, sólo alrededor del 26% de los puestos de representación política parlamentaria a nivel mundial son ocupados por mujeres, lo que refleja una subrepresentación que limita la inclusión de sus perspectivas y necesidades en la toma de decisiones (ONU Mujeres, 2023).

Es necesario resaltar que mayor crecimiento económico y reducción de la pobreza representará mayor bienestar para toda la sociedad (Banco Mundial, 2024). Por ello, organismos internacionales impulsan políticas públicas para cerrar estas brechas mediante acciones afirmativas, educación con perspectiva de género, acceso equitativo a recursos y promoción de la participación política (UNESCO, 2014).

Sin embargo, el cambio más significativo está en nuestras manos, al cuestionarnos los estereotipos, al empezar a dar espacio a nuestra autenticidad y permitir la misma libertad en las demás personas, al promover valores como la igualdad, el respeto y la tolerancia; al generar un criterio propio libre de prejuicios; al aplicar la justicia en nuestras relaciones, al exigir que se respeten los derechos humanos y reconocer la dignidad de cada persona.

Normas de género

Las normas de género dictan cómo las mujeres y los hombres «deberían» lucir, ser y pensar. Frecuentemente, estas representaciones no suelen ser realistas ni saludables.

Estas normas de género pueden emitir mensajes mixtos sobre un tema, al postular que algo está «bien» para un género, pero para otro no. En el ámbito de la sexualidad, las normas de género fortalecen la creencia de que los hombres siempre buscan relaciones sexuales, y las mujeres no tienen derecho a ejercer plenamente su sexualidad ni a mostrar deseo. En este orden de ideas, es aceptable que los varones tengan múltiples parejas, pero las mujeres «deben» ser sexualmente más reservadas y son juzgadas ante solo el rumor de tener varias parejas.

Con frecuencia a los hombres se les enseña a ser «agresivos» en el ámbito sexual, se les fomenta a ser «activos», a tomar «iniciativas» sexuales. En cambio, a las mujeres se les enseña a mostrarse «pasivas»; se espera de ellas poner límites y tener resistencias con relación a las prácticas sexuales. Todo esto contribuye a la violencia sexual (Gallagher, Bradford y Pease, 2008) y a involucrarse en conductas sexuales riesgosas, que incluyen relaciones sexuales inseguras (Rojas, Méndez y Montero, 2016).

Los estereotipos y las normas de género cuentan con un aparato social que vigila constantemente que sean llevadas a cabo por todas las personas, y cuando esto no ocurre, por ejemplo, cuando una persona tiene una orientación sexual no heterosexual o una expresión de género normativa, es frecuente la descalificación y el juicio que transgreden los derechos humanos (NSVRC, 2012).

Así, las personas que se identifican como lesbianas, gays, bisexuales, trans, queer o que cuestionan su identidad de género (LGBTIQA+), o que son percibidas como tales, pueden vivir una serie de violencias por no acatar las normas que el género les ha impuesto, pero será en el siguiente apartado donde lo discutiremos con amplitud.

Reflexiones finales

Para finalizar, recuerda que la forma en que cada persona se percibe a sí misma es única y merece ser respetada, pues la identidad de género es una experiencia interna y personal que nadie puede imponer. Las adolescencias, sin importar su sexo, identidad de género u orientación sexual, merecen vivir en un entorno de amor, respeto, cuidado y apoyo, libres de violencia y discriminación.