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2.3 Sociedad y sexualidad

En esta sección, te invitamos a explorar de manera profunda cómo los valores y creencias influyen en los comportamientos sexuales, así como la importancia de los derechos sexuales y derechos reproductivos para garantizar la salud y el bienestar de todas las personas. Partiremos de la idea de que la sexualidad es un concepto complejo, cargado de representaciones simbólicas que varían según aspectos biológicos, culturales, sociales y espirituales, y que se encuentran influenciadas por factores como la época, la región, el género, el origen étnico, la clase social y la generación a la que pertenecemos.

Además, abordaremos las diferencias entre sociedad, comunidad y cultura, conceptos clave para entender cómo se estructuran las relaciones sociales y los sistemas de normas que regulan la conducta sexual. Veremos cómo la sociedad establece instituciones y normas que permiten la convivencia y el bienestar común, mientras que la cultura comprende los conocimientos, creencias y hábitos que las comunidades desarrollan para relacionarse con su entorno.

También analizaremos cómo la historia y las instituciones sociales, incluyendo la religión y la política, han moldeado las percepciones y prácticas sexuales a lo largo del tiempo, así como el papel que juegan las normas morales y la ética personal en la vivencia de la sexualidad. Finalmente, reflexionaremos sobre la importancia de cuestionar creencias heredadas y normas sociales para promover un ejercicio libre, responsable y respetuoso de la sexualidad, siempre fundamentado en los derechos humanos y la igualdad.

En los temas anteriores hemos revisado la importancia de los valores y las creencias, su influencia en los comportamientos sexuales de las personas, y cómo los derechos sexuales y los derechos reproductivos son una forma de garantizar que todas las personas tengamos la oportunidad de alcanzar los mayores niveles de salud y bienestar.

Al partir de la idea de que la sexualidad es un concepto cargado de «representaciones simbólicas que dependen de aspectos biológicos, económicos, culturales y espirituales» (Sanabria et. al., 2016, p. 232), y que no es ajeno a la época, a la región, al género, el origen étnico, la clase social y la generación de pertenencia.

Sociedad y cultura son términos que usamos comúnmente, pero es importante tener una definición y entender su diferencia para comprender su papel en la sexualidad. Cuando hablamos de sociedad nos referimos a las «relaciones interpersonales estructuradas y a las instituciones en una comunidad amplia de personas que no puede reducirse a un simple conjunto o suma de individuos» (Giddens y Sutton, 2015, p.33), que definen estrategias para auto mantenerse, a través del establecimiento de normas para sus integrantes.

Si te encuentras viajando en un transporte con personas que no conoces, podríamos decir simplemente que son un grupo de personas reunidas, aun cuando es mucho más complejo que eso, ya que en realidad tienen muchas cosas en común; por ejemplo, se desenvuelven dentro de la misma cultura, manejan el mismo lenguaje, tienen contextos similares, entre otros factores en común. Ahora bien, si se tratara de tu familia, es probable que compartan más cosas en común, como sentimientos, historias y valores que sin duda regulan su conducta. Esta proximidad de los intereses compartidos es la que da lugar a una comunidad.

Así, una comunidad es un «grupo de personas que conviven en una localidad determinada o que mantienen un cierto interés compartido, y que se implican en interacciones sistemáticas entre sí» (Giddens y Sutton, 2015, p. 179). Es posible que, para ti, como para otras personas, sentirte bien en tu comunidad sea importante, y por ello busques cumplir la mayoría de las tradiciones, las normas morales y demás acuerdos que les permiten mantenerse unida.

En cambio, la sociedad es algo menos tangible; es decir, no puedes ubicar su territorio o personas, como lo harías con tu pueblo o barrio y, como mencionamos, su interés principal es existir a partir de establecer normas entre sus integrantes, a través de sus instituciones, como la religión, el Estado y los partidos políticos, entre otras.

Una sociedad próspera: busca el bienestar de todas las personas que la integran, a través de adecuados programas educativos y de salud; fomenta la participación y representación de todas las personas que la integran en la toma de decisiones; permite diversas formas de creencias sin imponer ninguna (PNUD, 2019).

Un ejercicio de apoyo para replicar este tema puede ser el pedirles a las adolescencias que describan a sus familias y otros ejemplos de comunidad, y luego identifiquen qué apoyos, normas o dificultades reciben de su sociedad. 

En cuanto a la cultura, son sistemas de conocimientos, creencias, artes, moral, derechos, costumbres y cualesquiera otras capacidades y hábitos adquiridos, que sirven para relacionar a las comunidades humanas con sus entornos ecológicos (Tylor, 1871; Keesing, 1993, citado en Barrera, 2013). Dicho de otra forma, la cultura es lo que hacen las comunidades.

Los aprendizajes, en torno a la sexualidad, son el resultado de una serie de aprendizajes que tenemos en la sociedad y la cultura, donde nos desenvolvemos. Este aprendizaje puede estar rodeado de desinformación, prejuicios, mitos o estereotipos, reforzados en gran medida en el contexto donde nos desenvolvemos, la familia y hasta los medios de comunicación.

Uno de los objetivos de brindar ESI es garantizar la salud y los derechos humanos, sexuales y reproductivos de las personas y sus comunidades, contemple una visión no sólo biológica, sino que, dé cabida a una diversidad de contextos, aspectos sociales, emocionales, psicológicos y culturales, los cuales permitan entenderla como un proceso único para cada persona.

La influencia de la sociedad en nuestra sexualidad

En el desarrollo de la humanidad y de las sociedades han cambiado, al adaptarse a los nuevos conocimientos, a la revaloración de las personas con todas sus especificidades, a la aspiración de un sistema sustentable, de igualdad y justicia para todas las personas.

Sin embargo, este cambio ha sido lento y no alcanza plenamente a todas las personas; en el caso de la sexualidad, ha implicado avances y confrontación entre algunos grupos sociales; tomemos algunos ejemplos (Barriga, 2013).

En los inicios del cristianismo, en el siglo I, se afirman las ideas que separan al cuerpo del alma, que será premiada o castigada según se logre negar los deseos de la carne. Pablo de Tarso, en la primera epístola a los Corintios, enseñaría que «más vale casarse que abrasarse», en alusión a que es mejor el matrimonio que el castigo por tener una vida sexual libre.

En la segunda mitad del siglo XV, se ensalza la idea del amor platónico que, a diferencia del amor cortesano, que reconocía el erotismo femenino, retira todo atributo sexual y las sensaciones del cuerpo de las relaciones afectivas.

La idea de juventud aparece en siglo XVIII, porque las personas se casaban a mayor edad, antes se pasaba de menor a adulto vía el matrimonio.

La educación sexual surge en el siglo XX, inicialmente motivada por las necesidades de administrar el control de la natalidad y de las entonces llamadas enfermedades venéreas (hoy infecciones de transmisión sexual).

Ha sido hasta inicios de este siglo (XXI) cuando a lo largo de América Latina y el mundo, se ha puesto atención en la promulgación de leyes que garanticen el derecho al matrimonio de todas las personas y a acceder a la interrupción del embarazo.

Con estos ejemplos te darás cuenta que la sexualidad ha pasado por una serie de cambios: en gran medida, esos cambios han requerido de luchas y debates entre diferentes sistemas de referencia e ideas entre instituciones como la religión, la política, la salud y, muy importantemente, de las ideas acerca del género que han evolucionado en el contexto social y cultural mundial.

Tomemos el ejemplo de la religión, sin intensión de cuestionar ninguna creencia y sólo al referirnos a ella como una institución de la sociedad. Diversos estudios coinciden en señalar que, a través de la internalización de sus normas morales, la religión regula la conducta sexual de los jóvenes; en algunos casos genera mecanismos de vigilancia y estigmatización (Ellingson, van Haitsma, Laumnn y Tebee, 2004; Lefkowitz, Gillen, Shearer y Boone, 2004; Palma, 2008 citado en Sanabria et. al., 2016).

En una investigación con mujeres y hombres estudiantes universitarios en México se encontró que, a mayor religiosidad, se valoraba más la virginidad (Moral-de la Rubia, 2010); en otro estudio se identificó que la religión influyó en las motivaciones que tuvieron estudiantes para iniciar o no su vida sexual (Sanabria et. al., 2016).

La regulación de la sexualidad no es una característica sólo de la religión católica; un trabajo realizado con mujeres de una iglesia pentecostal en Tijuana, México, dejan ver que, si bien la sexualidad es uno de los ejes más estrictamente regulados, la forma en que es vivida por cada una «depende de factores como su escolaridad, linaje religioso y generación a la que pertenecen» (Espinoza, 2015 p. 17).

La influencia de las religiones y de otras instituciones como la escuela, tiene como base la promoción de sus normas sociales, que son una característica de la estructura de interacción entre sus individuos y se expresa como una forma de «regular la conducta y de ejecución de sanciones» (Linares, 2007 citado en Tena y Güell, 2011 p. 564).

Pongamos algunos ejemplos. Completa las frases:

Debes llegar virgen al matrimonio o _________________.

Si no muestras quien manda, ellas van a ____________________.

Las normas morales, que también se promueven desde las comunidades, requieren que las personas encuentren en ellas un sentido propio, que les motive a cumplirlas, independientemente de que otras personas las atiendan; es decir, «seguimos las normas morales porque consideramos que son buenas en sí mismas» (Tena y Güell, 2011, p. 565).

Nuevamente, completa estas frases:

Todas las personas merecen respeto, porque__________.

Es _________ que todas las personas de la familia colaboren con las tareas del hogar.

Es posible que, al completar las frases anteriores, encuentres diferencias entre las normas que te han enseñado y aquellas que tienen sentido para ti. Las primeras son las normas morales y las segundas constituyen tu ética (Ortiz, 2016).

Unas preguntas que te pueden ser útiles al cuestionar este tema pueden ser:

¿Qué función han tenido las normas morales en el desarrollo de tu ética?  

Posteriormente, reflexiona, ¿qué tienen que ver ambas (las normas morales que has aprendido y tu ética) con cómo vives tu sexualidad?

Las normas nos sirven para organizar nuestra convivencia con otras personas; por ejemplo, el respeto y la búsqueda de inclusión de las personas; independientemente de sus características, es algo que vale la pena reforzar en nuestra comunidad; en cambio, una norma que impide que las mujeres ejerzan sus derechos, debería ser cuestionada y eliminarse como una pauta de relación socialmente reconocida.

Analicemos lo siguiente: En tu entorno social, ¿qué conductas de tipo sexual identificas que sean valorados de forma diferente entre hombres y mujeres? ¿Hacia quienes hay mayor permisividad y hacia quienes mayor castigo?

Ten presente que, a pesar de que existen leyes en contra de la discriminación y en pro de un ejercicio libre y responsable de la sexualidad, también existe una serie de creencias heredadas que, a menudo, pueden tener las personas sin darse la oportunidad de cuestionar si son vigentes para el momento histórico, para su contexto o, incluso, para su vivencia y desarrollo.

Por ejemplo, pese a la inclusión de los derechos humanos, a las campañas realizadas para la prevención de embarazos no planeados y a la atención de otras problemáticas en torno a la sexualidad, persisten conductas que ponen en riesgo la salud sexual y la salud reproductiva. Una explicación parcial se encuentra en la vigencia en la vivencia de las normas morales y al pobre cuestionamiento que hay al respecto.

Desde la experiencia en tu comunidad, ¿qué normas morales favorecen que esto pase?

Si bien es importante reconocer que el Artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (Naciones Unidas, 1948), defiende la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como de manifestar su religión o creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, esto no justifica que las demás personas deban compartir o atender las normas morales derivadas de esas creencias y opiniones.

Vaya reto, ¿no? ¿Cómo hacemos para coexistir diferentes perspectivas e ideologías?

Un tema central de la educación es promover la reflexión sobre nuestras creencias y normas morales, a la luz del conocimiento científico y de los principios de igualdad y equidad entre las personas. Desde esta base es difícil sostener el sentido de acciones que desestiman o dañan la integridad de otras personas.

Es posible encontrar resistencia al cambio y es importante considerar lo difícil que puede ser para alguien a quien se educó desde una postura, abrirse a nuevas perspectivas. Por ejemplo, cuando se cuestiona sobre el impacto del patriarcado (el cual beneficia a los hombres) una forma de sensibilizar sobre la importancia de cambiar y aceptar hacerse corresponsable de las labores de cuidado y de las labores del hogar, puede ser el hacer ver todo lo positivo que trae flexibilizar y adquirir nuevas normas, las cuales pueden redituar en una mayor satisfacción con la pareja, una mejor relación con sus seres queridos y menores cargas de estrés y autoexigencia. Acciones como estas pueden ayudar a reducir las resistencias y favorecer la reflexión y el cambio de las conductas.

También es importante reconocer la libertad de conciencia; es decir, el valor y sentido de las normas propias y las que socialmente son congruentes con nuestras aspiraciones, que incluye el derecho a profesar o no una religión, las creencias y los sentimientos que conducen nuestra sexualidad y defenderlas asertivamente y, de ser necesario, recurrir a los instrumentos legales, como los derechos humanos, derechos sexuales y derechos reproductivos que revisamos en el tema anterior.

Reflexiones finales

En este módulo reflexionamos sobre la importancia de trabajar con los valores y las creencias al hablar de sexualidad, ya que suelen darle dirección a nuestras conductas de protección y de riesgo; asimismo, dedicamos un tema a los derechos humanos, derechos sexuales y derechos reproductivos, que son la base de muchas reglamentaciones que buscan garantizar el mayor nivel de bienestar para todas las personas.

En este último tema abordamos los conceptos de sociedad, comunidad, normas morales y ética y su impacto en la salud sexual y reproductiva de las personas. Te invitamos a que reflexiones qué te pareció más novedoso, lo que consideras que será un reto para implementar en tu comunidad y la forma de afrontarlo. Deseamos que toda esta información te sea útil y que la bibliografía que acompaña este material te resulte de apoyo.