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1.4 Compromisos de vida

¿Por qué es importante este tema?

Parte de la vida es hacer compromisos, que pueden ser conmigo misma, conmigo mismo o con otras personas. En el ámbito de las relaciones amorosas, sobre todo a temprana edad, podemos tomar compromisos conscientes de los alcances de estas decisiones, aunque, muchas veces, con un importante desconocimiento de lo que implican.

La relevancia de este tema radica en ampliar la perspectiva de lo que implican los compromisos a largo plazo, como vivir en pareja o decidir tener hijas o hijos.

Como persona replicadora, ¿para qué te puede servir este material?

Esperamos que este material te brinde información para comprender y poder transmitir aspectos relacionados con cómo establecemos y qué implican los compromisos a largo plazo como las relaciones de pareja y el matrimonio. También hablaremos de los riesgos que pueden implicar el matrimonio infantil y el embarazo temprano o adolescente.

Deseamos que puedas abordar estos temas con las adolescencias invitando a la reflexión sobre el impacto de las decisiones en el presente, sobre el futuro de sus vidas.

En cada etapa de vida crecemos física, mental y emocionalmente y, de acuerdo a nuestro nivel de desarrollo y capacidades, podemos ir tomando decisiones que implican diferentes grados de compromiso. Estos compromisos, en primera instancia, pueden ser con nosotras o nosotros mismos, en relación con nuestros valores, creencias y convicciones; en segunda instancia, con nuestros vínculos. Si bien nos podemos vincular en diferentes niveles (con la familia, amistades, de forma romántica o sexual), hablaremos particularmente de aquellos vínculos que implican establecer relaciones a largo plazo, como la pareja y las hijas o hijos.

La construcción de una relación de pareja sólida requiere tiempo, compromiso y responsabilidad. Es fundamental que ambas personas estén dispuestas a negociar y enfrentar juntas las dificultades inherentes a la convivencia, reconociendo que cada individuo posee un mundo emocional y un marco de referencia únicos, influenciados por su crianza y socialización (Díaz-Loving & Rivera, 2010, en Uresti, Orozco & Chapa, 2017).

Si bien es la afinidad uno de los primeros elementos que ayudan a construir pareja, en la convivencia cotidiana las personas que la integran pueden ir descubriendo elementos de disonancia, hábitos que no resultan familiares o que, incluso, pueden ser desagradables, valores distintos o darse cuenta que la persona amada «no es como esperaba». Ante este tipo de desafíos, y si hay un deseo de continuar y construir relación, la pareja deberá buscar soluciones, apoyarse e impulsarse mutuamente.

Un elemento que ayuda a sostener compromisos a largo plazo es el establecimiento de marcos comunes de referencia. En este caso, valdría reflexionar: ¿Qué significa ser pareja, para mí? ¿Para qué quiero construir una relación de pareja o vivir con la otra persona? ¿Cómo me gustaría que fuera esa relación/convivencia? ¿Qué acuerdos son necesarios para mí para poder convivir con la otra persona? ¿En qué aspectos tengo disposición de ceder para favorecer la convivencia?

Los acuerdos dan oportunidad de que cada pareja defina cómo quieren construir su proyecto de vida en común (Piedrahita, 2023); pueden abarcar desde el tipo de configuración relacional que quieren establecer, si desean o no vivir en el mismo espacio, si desean o no tener hijas o hijos, el tipo de alimentación que quieren llevar, hasta cómo quieren vivir sus prácticas sexuales.

Es importante aclarar que hacer acuerdos no es sinónimo de tener que pensar igual, aceptar todo, hacer todo en conjunto o de la misma manera. Hacer acuerdos implica dar un marco de referencia donde se defina qué sí y qué no queremos en nuestra relación, respetando los límites individuales (GEM, 2009). Llegar a estos acuerdos puede implicar un largo proceso de conocimiento de las personas que forman parte de la relación y, por supuesto, un proceso concienzudo de autoconocimiento y negociación.

Aun con el trabajo que pueda implicar construir acuerdos, éstos se pueden revisar y actualizar cuando las condiciones de la relación han cambiado o cuando se vuelven poco operativos.

Si bien es de suma importancia mantener una comunicación abierta y franca para expresar lo que sienten y piensan, es la disposición para escuchar y generar cambios y acuerdos lo que permitirá que la relación salga a flote en momentos de dificultad (Piedrahita, 2023). Es decir, no se trata sólo de hablar o escuchar, sino de la posibilidad de hacer algo en consecuencia de las necesidades o desacuerdos que se manifiesten.

Ahora, es necesario saber que toda relación a largo plazo puede generar compromisos y obligaciones, no solo psicoemocionales sino también legales; imaginemos que nos enamoramos y en la pasión del enamoramiento se produce un embarazo y se decide tener a bebé. Esto legalmente genera obligaciones para salvaguardar el bienestar de la infancia, según sean las leyes de cada país. Lo mismo ocurre cuando se decide formalizar legalmente una relación a través del matrimonio, sociedad de convivencia, pacto de solidaridad, pareja de hecho o cualquier otra figura legal que abrigue y proteja el vínculo establecido: ello implicará responsabilidades y obligaciones de cuidado y protección bidireccionales, justiciables mientras el contrato legal siga vigente.

Por otro lado, ¿cuál es el panorama de los matrimonios establecidos en la adolescencia e infancia?

En América Latina y el Caribe, aproximadamente el 25% de las niñas se casan o viven en unión antes de cumplir 18 años, según datos recientes de UNICEF (2023). Esto significa que una de cada cuatro niñas enfrenta un matrimonio infantil, cifra que supera la media mundial, estimada en 20% (UNICEF, 2023). La prevalencia varía entre países: en Nicaragua, República Dominicana y Honduras, hasta un 30% o más de las niñas se casan antes de los 18 años, mientras que en otros países como Argentina o Uruguay esta cifra es menor al 10% (CEPAL, 2018, 2021, 2022 &PROMSEX, 2022). Además, entre el 5% y 10% de las niñas en la región se casan antes de los 15 años, una situación especialmente grave que limita sus derechos y bienestar (UNICEF, 2023).

Pero recordemos que no sólo se trata de cifras: el matrimonio infantil está vinculado con mayores riesgos para la salud física y mental, menor acceso a educación, aumento de la pobreza y mayor exposición a violencia de género. Asimismo, perpetúa la desigualdad de género y limita la autonomía de las niñas y adolescentes (UNFPA, 2018, 2015).

Aunque la mayoría de los países establece los 18 años como edad mínima legal para casarse, en Honduras, El Salvador, Guatemala, Paraguay y Venezuela aún existen excepciones con consentimiento parental o judicial que permiten matrimonios legales desde los 14 o 16 años, lo que dificulta la erradicación del matrimonio infantil (UNICEF, 2023).

Es necesario que las adolescencias puedan dimensionar el nivel de compromiso y responsabilidad que requieren diversas relaciones, incluso, que puedan preguntarse si cuentan con los recursos emocionales, intelectuales, económicos y la disposición para establecerlas. Analizar, dimensionar y cuestionarse serán herramientas que ayuden a una adecuada toma de decisiones sobre sus relaciones y compromisos a largo plazo.

Diversas maneras para ser mamá o papá

Toda persona tiene el derecho humano de decidir cuándo y cuantos hijos o hijas desea tener, así como el momento y las condiciones para lograrlo (UNFPA, 2015, 2018).

En el crisol de posibilidades en que puede ocurrir que una persona sea mamá o papá, se pueden dar alguna de las siguientes posibilidades:

Embarazo no planificado: es aquel que ocurre sin acuerdo previo y sin planeación y puede darse en una relación estable u ocasional.

Embarazos planificados: resultan de una decisión personal o un acuerdo previo, ante lo que se decide propiciar las circunstancias para que se produzca el embarazo.

Cuando el proyecto de ser madre o padre se hace en pareja, y uno de los miembros tiene problemas de salud o infertilidad, cuando se trata de parejas del mismo género o simplemente porque la pareja o inclusive una persona soltera lo decide, se puede alcanzar la paternidad o la maternidad recurriendo a otros procedimientos, tales como (Graw & Fernández, 2014):

  • Adopción.
  • Familia de acogida.
  • Maternidad subrogada.
  • La fecundación in vitro (FIV).
  • La inseminación artificial.

Ser padre o madre, idealmente, es una decisión que debe tomase a partir de una reflexión a largo plazo y con fundamento en cuestiones afectivas, éticas, económicas y sociales, ligadas a los desarrollos científicos, a los cambios en el mercado del trabajo y a las reflexiones éticas existenciales (UNFPA, 2018).

En todo caso, es necesario concientizar que la maternidad o paternidad implica la responsabilidad de proteger, cuidar y promover el pleno desarrollo de un ser humano, en el contexto socio-histórico-político en que se viva. En ese sentido, materna o paternar no sólo implica cubrir necesidades básicas como alimentación, vestido, cobijo (proveer de una casa): requiere aportar una vinculación positiva, protección y enriquecer las experiencias de vida de un ser que requiere de la guía ética y responsable de otro ser humano.

No se trata sólo de criar sino de cómo se cría. En ese sentido, la participación activa de las personas cuidadoras será fundamental para otorgar modelos positivos de cómo ser un ser humano; modelos que permitan identificar pautas de protección, cuidado y cariño. Independientemente del modelo de familia en que nazca a un niño o niña, todas tienen la potencialidad de proveer de estos elementos a las infancias.

No obstante, es importante visibilizar el reto al que nos enfrentamos como sociedad cuando hablamos de embarazos temprano o en la adolescencia ya que, en la mayoría de los casos, están ligados a condiciones de vulnerabilidad o de violencia.

En América Latina y el Caribe, se estima que aproximadamente uno de cada seis nacimientos corresponde a madres adolescentes entre 15 y 19 años. Esto refleja una tasa de fecundidad adolescente que supera la media mundial, con alrededor de 53 nacimientos por cada 1,000 jóvenes en ese rango de edad (Banco Mundial, 2025). Aunque el embarazo en adolescentes mayores de 15 años es más común, también existe una preocupación creciente por el embarazo temprano, es decir, en niñas y adolescentes menores de 15 años. En varios países latinoamericanos, entre el 1% y 3% de los nacimientos ocurren en niñas menores de esta edad, con cifras más elevadas en zonas rurales e indígenas, donde las condiciones sociales son más vulnerables (PROMSEX, 2022).

La paternidad en la adolescencia, tanto en mayores como menores de 15 años, está menos documentada. Se calcula que entre el 10% y 15% de los adolescentes han asumido la paternidad o están involucrados en ella. Sin embargo, la paternidad temprana suele estar vinculada con dinámicas de pobreza, falta de educación y en muchos casos con situaciones de violencia o vulnerabilidad social (UNFPA, 2020).

El embarazo temprano y adolescente está estrechamente relacionado con varios factores sociales y económicos: la pobreza, la falta de acceso a educación sexual integral y servicios de salud adecuados, así como la violencia de género. Las niñas que quedan embarazadas antes de los 15 años enfrentan riesgos mucho mayores para su salud, incluyendo complicaciones durante el embarazo y el parto, que pueden poner en peligro su vida. Además, tanto las madres como los padres adolescentes suelen tener mayores dificultades para continuar sus estudios y acceder a oportunidades laborales, lo que perpetúa ciclos de pobreza y exclusión (OMS, 2024).

Para enfrentar esta situación, diversos países de la región han implementado políticas y programas que buscan prevenir el embarazo adolescente y temprano, promoviendo el acceso a educación integral de la sexualidad, la prevención de la violencia y el fortalecimiento de servicios de salud amigables para niñas y adolescentes. Sin embargo, aún persisten importantes retos para que estas políticas se traduzcan en cambios efectivos y sostenibles para las comunidades más vulnerables (PROMSEX, 2022).

¿Qué derechos tienen las infancias y adolescencias frente al matrimonio infantil y el embarazo?

A nivel mundial existen leyes que protegen a las niñas, los niños y adolescentes, y se reconocen sus derechos a la salud, el bienestar y la autonomía; es decir, a poder decir libremente sobre todos los aspectos de sus vidas.

1. Derecho a la igualdad y no discriminación

Convención sobre los Derechos del Niño (Asamblea General de las Naciones Unidas, 1989): Esta convención establece que todos los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a ser protegidos contra la discriminación. El matrimonio infantil, que, por lo general afecta a niñas, constituye una forma de discriminación de género, limitando sus oportunidades de desarrollo personal, educativo y profesional.

Artículo 2: “Los Estados partes se comprometen a garantizar que los niños y niñas disfruten de todos los derechos reconocidos en la presente Convención, sin distinción de ninguna índole”.

2. Derecho a la protección contra la violencia

El matrimonio infantil se considera una forma de violencia de género que viola los derechos fundamentales de los menores, ya que puede conllevar a una mayor exposición a situaciones de abuso y explotación.

Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW, 1979): En su artículo 16, establece que los Estados deben adoptar medidas para eliminar el matrimonio infantil, asegurando que las niñas puedan desarrollarse sin estar sometidas a una relación marital a una edad temprana, lo que podría exponerlas a riesgos de violencia física y psicológica.

3. Derecho a la educación

Tanto el matrimonio infantil como el embarazo adolescente son factores que afectan negativamente el acceso de las niñas y adolescentes a la educación. Un embarazo temprano interrumpe su proceso educativo, lo que puede limitar su desarrollo y perpetuar ciclos de pobreza.

Artículo 28 de la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989): “Los Estados partes reconocen el derecho de todo niño y niña a la educación… y se comprometen a garantizar que la educación primaria sea gratuita y obligatoria”.

4. Derecho a la salud y bienestar físico y mental

Las adolescentes embarazadas enfrentan riesgos de salud significativamente mayores que las mujeres adultas, incluidas complicaciones durante el embarazo y el parto. Las niñas menores de 18 años son más propensas a enfrentar problemas de salud relacionados con el embarazo debido a su inmadurez física y emocional.

Artículo 24 de la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989): “Los Estados partes se comprometen a asegurar el derecho de los niños a gozar del más alto nivel posible de salud”.

5. Derecho a la autonomía y a decidir libremente sobre la maternidad y paternidad

Los adolescentes tienen derecho a decidir si quieren tener hijos, cuándo y bajo qué condiciones. Este derecho incluye el acceso a información sobre métodos anticonceptivos, servicios de salud reproductiva y la posibilidad de decidir si se quiere ser padre o madre.

Recomendación 35 de la CEDAW: “Las niñas y adolescentes deben tener derecho a decidir libremente sobre su salud sexual y reproductiva, incluyendo el número de hijos que desean tener, y el momento en que lo desean”.

6. Derecho a la protección contra el matrimonio infantil y el embarazo forzado

El matrimonio infantil a menudo ocurre como resultado de presiones sociales, familiares o económicas. Los derechos de las niñas y adolescentes incluyen el derecho a ser libres de coacción, a tomar decisiones libres y a tener el tiempo y el espacio para desarrollarse emocional y mentalmente antes de asumir responsabilidades adultas.

Protocolo Facultativo de la Convención sobre los Derechos del Niño: Establece que los Estados deben adoptar medidas para prevenir la venta de niños, la prostitución infantil y otras prácticas que puedan vulnerar los derechos de los menores, lo que incluye el matrimonio infantil.

7. Derecho a la participación y a la toma de decisiones

Las niñas y adolescentes deben ser consultadas sobre su bienestar, incluyendo decisiones relacionadas con su salud sexual y reproductiva, así como en situaciones que involucren su futuro, como el matrimonio y la maternidad.

Artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño (Naciones Unidas, 1989): “Los Estados partes garantizarán al niño que esté en condiciones de formarse una opinión, el derecho de expresar esa opinión libremente en todos los asuntos que le afecten”.

Por otro lado, la llamada «Marea verde», movimiento que inició en Argentina por la despenalización y legalización del aborto pero que se ha extendido a diversos países de América Latina, tiene también como propósito brindar un marco de protección, dando la posibilidad a infancias y adolescencias de interrumpir el embarazo en un marco institucional, como parte de la responsabilidad de los estados de garantizar los derechos sexuales y reproductivos.

Como es sabido, tener un marco legal internacional o local no garantiza el acceso a derechos, es por eso que una buena parte de tu labor como persona replicadora es informar y sensibilizar a las adolescencias sobre la importancia de:

  • Conocer sus derechos en general, y sexuales y reproductivos en particular.
  • Identificar quiénes son parte de su red de apoyo ante una situación de riesgo: familiares, amistades, personas de las comunidades en las que se socialice (deportivas, religiosas, académicas) e instituciones.
  • Pedir protección si se sienten en riesgo de cualquier tipo de violencia, abuso sexual o matrimonio forzado.
  • Conocer sobre el uso correcto de los métodos anticonceptivos y adquirirlos cuando decida libremente tener relaciones sexuales.
  • Identificar fuentes confiables de información sobre sexualidad.

Aún con estas recomendaciones, o incluso contando con toda la información posible, en ocasiones la petición de ayuda por parte de una adolescencia ante una situación de violencia puede demorar o no llegar por el miedo o pena que puede provocar la situación o, incluso, porque algunas familias pueden ser la fuente del problema. Es por ello que mostrar disposición continua y no revictimizar a quien ha vivido violencias abre la puerta para que otras personas puedan acercarse. Y no olvida que, cuando una infancia o adolescencia no cuenta con el apoyo de la familia, el Estado a través de sus diversas instituciones deberá sostener y garantizar su protección.

Finalmente es importante recordarles a las infancias y adolescencias que, así como ahora cuentan con información, habilidad y recursos para realizar muchas cosas acordes a su momento de vida, hay otras para las que es necesario dar más tiempo para que su desarrollo físico, emocional e intelectual sea lo más armónico posible. Llegará el momento en que puedan disfrutar de forma más plena esos otros hitos del desarrollo en tanto tengan más recursos y preparación para afrontarlos.

Reflexiones finales

Paremos un momento para reflexionar:

¿Qué compromisos a largo plazo has establecido? En tu país, ¿cuál es la institución o instituciones encargadas de garantizar la protección de infancia y adolescencias? En el espacio educativo donde trabajas, ¿cuentan con protocolos específicos para atender y canalizar casos de embarazo temprano, embarazo adolescente, matrimonio infantil o violencia sexual? ¿Qué instancias o instituciones son tus aliadas para atender este tipo de situaciones?

Anota tus observaciones.