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2.4 Compromisos a largo plazo y crianza

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El sentir que pertenecemos a un núcleo afectivo aporta a nuestra vida estabilidad y seguridad. La familia afectiva es un grupo de personas a las que nos une un vínculo amoroso recíproco, elegido y construido de forma voluntaria, independientemente de que formen parte de nuestra familia biológica o no (Sanz, 2008). 

También es posible encontrar grupos humanos que podrían definirse como comunidades de apoyo mutuo, conformadas a partir de la voluntad de compartir y de construir solidaridad, reciprocidad y equidad entre sus miembros, más allá de los objetivos tradicionales vinculados al afecto, el placer sexual, la crianza y la pertenencia (IFACCA, 2024).

Una de las funciones que cubren algunos núcleos afectivos es la de la crianza, la cual implica un compromiso a largo plazo con el bienestar de un ser humano en formación, que requerirá de atención, cuidados, alimento, educación y protección hasta que pueda convertirse en una persona autosuficiente. 

El cuidado y la educación de las infancias y las adolescencias son parte importante de la vida en sociedad y una responsabilidad de tiempo completo. La crianza es un proceso durante el cual se transmiten conocimientos y se promueve el desarrollo de habilidades, de tal manera que la persona en formación aprenda a asumir responsabilidades, gestionar emociones, cuidarse a sí misma y participar en la comunidad de una forma saludable y constructiva.  Estos aprendizajes se transmiten a través del ejemplo, creando un clima emocional de seguridad y protección en el que se promuevan lazos afectivos fuertes, estables y duraderos con las infancias y las adolescencias, y en el que los conflictos se resuelvan poniendo límites y dialogando de una forma respetuosa (UNICEF, 2021).

Una crianza responsable es aquella en la que se promueve el aprendizaje del buen trato, de tal manera que se fomente la cooperación, la compasión, la solidaridad, el agradecimiento e incluso la erotización del buen trato, es decir, el buen trato como un elemento que abona de manera significativa al placer sexual (Sanz, 2016).

El intercambio afectivo y sexual es un derecho y una forma de buscar la felicidad. Los seres humanos necesitamos del amor y el placer sexual que encontramos en los espacios de vinculación, independientemente del esquema o modelo relacional que decidamos adoptar y del término que elijamos para nombrar esos vínculos que establecemos.

La tendencia humana a agruparse en parejas, grupos, comunidades y familias, obedece a necesidades básicas que encuentran su satisfacción en formas de relación diversas, al interior de las cuales se tejen prácticas, discursos y experiencias, que hablan de la manera en la que las personas intentamos conformar núcleos o espacios de vinculación que nos permitan disfrutar de la solidaridad y el apoyo recíproco que necesitamos. Estos espacios de vinculación, que no siempre se circunscriben al modelo tradicional de familia heterosexual monógama centrada en la reproducción, requieren de visibilización, validación e inclusión, como formas igualmente válidas de satisfacer la necesidad de agruparnos y expresar nuestros afectos (IFACCA, 2024).

Dado el papel tan importante que estas relaciones tienen en nuestra vida, es necesario darnos a la tarea de construir intercambios respetuosos, basados en la empatía y responsabilidad afectiva, que nos lleven a transitar por el amor, el enamoramiento, la amistad y el placer sexual de la forma más saludable y satisfactoria posible.

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