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2.2 Amistades, amores y romance

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Existen muchas formas de vinculación afectiva. A algunas de ellas se les ha identificado, generalmente, como «amistad», «noviazgo», «matrimonio» o «pareja». Estos términos responden a la forma convencional en la que se nombra, se interpreta y se vive el amor en nuestra sociedad.

Algunas personas deciden utilizar términos menos convencionales ―como el de «vínculo»―, como una manera de cuestionar el modelo afectivo y sexual tradicional, que gira en torno a la consideración de la exclusividad sexual, la reproducción, la durabilidad y la heterosexualidad como únicas formas válidas de satisfacer nuestras necesidades afectivas y sexuales.

El amor es definido por Esteban (2011), como una capacidad universal de vincularse, a través de la idealización y erotización de otra persona y del deseo de intimidad y de durabilidad de la relación. Las interacciones amorosas, indica la autora, se manifiestan de maneras diversas dependiendo del contexto geográfico, cultural e histórico en el que se desarrollen. Asimismo, involucran al cuerpo, ya que se componen de sensaciones, percepciones, expresiones, movimientos, gestos, actitudes, sentimientos y miradas.

El pensamiento amoroso es la forma en la cual entendemos y expresamos el amor. En la actualidad, nuestro pensamiento amoroso gira en torno al modelo de amor romántico, el cual jerarquiza las relaciones, colocando a la relación de pareja monógama y heterosexual por encima de todos los demás vínculos ―familiares, de amistad u otros― que se tengan (Cardoso, 2020; Esteban, 2011, Vasallo, 2018).

El amor romántico, además, se basa en la creencia de que existe una persona ideal que está destinada a ser nuestra pareja y que llegará para completarnos y hacernos felices. Este modelo amoroso nos lleva a creer que hay un amor verdadero que es exclusivo, único y eterno; también normaliza la violencia, pues hemos aprendido a interpretar las conductas de control y competencia como manifestaciones de la pasión amorosa y, las actitudes de sacrificio y sumisión, como condición necesaria para sostener la relación de pareja (Herrera, 2020).

El modelo de amor romántico se basa en ideas de desigualdad que se traducen en desequilibrios de poder al interior de la pareja. Cabe mencionar que no solamente las parejas heterosexuales tienden a relacionarse desde este modelo; personas de todas las orientaciones o preferencias sexuales viven sus romances con base en este modelo de amor romántico, ya que es algo que ha permeado nuestro pensamiento amoroso, llevándonos a expresar el afecto de formas poco saludables (Cardoso, 2020)

El amor romántico nos lleva a crear expectativas con respecto al futuro de la relación, que están más basadas en un guion adoptado desde nuestra infancia, que en las posibilidades, cualidades y necesidades reales de las personas. En este sentido, el amor romántico se parece a la etapa de enamoramiento que es una experiencia común en los seres humanos.

El enamoramiento es una etapa del proceso amoroso, un estado pasional que nos lleva a desear cercanía con esa persona en torno a la cual construimos expectativas e ilusiones. Cuando nos encontramos en este estado, nos sentimos bajo el influjo de una seducción que estimula la fantasía, el placer y los deseos, además de que adoptamos una actitud de mayor receptividad y apertura al gozo (Sanz, 2008). La sensación de estar enamorado o enamorada también es una cuestión de química. En el enamoramiento se liberan sustancias como la dopamina, que ayuda a la relajación, y la oxitocina, que es fundamental en la creación y mantenimiento de los vínculos sociales y emocionales. Estas sustancias dejan de producirse después de un tiempo; esto nos permite tener más objetividad en la forma en que percibimos a la otra persona y a la relación, y a experimentar emociones menos intensas que al inicio. A partir de este momento, es posible que nos decepcionemos y abandonemos la relación, pero también que decidamos continuar y tener percepciones y expectativas más realistas (Calixto, 2018).

El enamoramiento es parte de la vida de muchas personas, así como lo es el deseo de intercambio sexual con quienes nos atraen, independientemente de que existan vínculos afectivos o compromisos que nos unan a ellas.

Todas las personas tenemos derecho a sentir deseos sexuales, amor y placer de acuerdo con nuestras propias necesidades y valores. Por eso, la realización sexual y afectiva es parte importante en la búsqueda de la felicidad (Hierro, 2003).

Los deseos sexuales forman parte de nuestra naturaleza y se vinculan con nuestras emociones, fantasías y sensaciones (Easton y Hardy, 2013). El placer sexual responde a una necesidad física, pero no se limita a ella. En el encuentro sexual encontramos un espacio de intimidad, intercambio de caricias y reconocimiento de las posibilidades de la propia corporalidad en contacto con otros cuerpos. (Ciaramicoli y Ketcham, 2000; Sanz, 2008).

Los encuentros sexuales saludables deben darse en el marco del respeto, el consentimiento sexual y la ética del cuidado, para garantizar la salud tanto física como emocional de las personas participantes. El consentimiento sexual se refiere al acuerdo que establecen las personas en torno a llevar a cabo o no, una o varias prácticas sexuales, en una forma y momento determinado (Pérez, 2016) Las condiciones para que exista el consentimiento sexual es que este sea explícito, libre, informado, consciente, específico y reversible (UNMUJERES, 2018).

En nuestra cultura, se ha normalizado el maltrato como forma válida de acceder al cuerpo y los afectos de otras personas, aplicando estrategias de control y dominación para tomar lo que deseamos, sin considerar las necesidades y sentimientos ajenos. Es decir, hemos normalizado el egoísmo como forma de relacionarnos con otras personas, de tal manera que creamos vínculos desiguales que suelen transformarse en espacios de manifestación de la violencia en todas sus formas.

Al crear espacios de diálogo y consenso respetuoso, estamos gestionando nuestros vínculos afectivos y sexuales a partir del buen trato, basado en el respeto a los derechos de todas las personas a vivir libres de cualquier tipo de maltrato o violencia, y a experimentar el placer sexual y el amor en el contexto de relaciones democráticas, recíprocas y responsables.

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