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5.3 ¿Soy capaz de identificar la violencia en mis relaciones sexoafectivas?

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La violencia en las relaciones sexoafectivas o de pareja no siempre es visible o fácil de reconocer. Existen formas sutiles de coacción como la violencia simbólica, la cual no implica agresiones físicas directas, sino que ocurre mediante la imposición de normas, valores o creencias que naturalizan el poder y la dominación. Esta violencia es tan común, que a menudo se tolera e incluso se interioriza como algo que ocurre en todas las relaciones o grupos sociales. Generalmente, solo logramos identificarla cuando hablamos con otras personas, leemos o escuchamos sobre el tema.

Cuando estas conductas violentas se vuelven frecuentes y aceptadas, se produce lo que llamamos normalización y naturalización del maltrato, una situación que afecta nuestras emociones, pensamientos y comportamientos, configurando una espiral de daño y deterioro emocional. A menudo, esta violencia pasa desapercibida porque la víctima suele sentirse culpable, desesperanzada y temerosa, pero sin evidencias físicas claras que la ayuden a identificarla. La persona queda atrapada en la tensión de querer escapar de la relación y, a la vez, tolerar o esconder lo que ocurre.

Es importante reconocer cómo algunas ideas del amor romántico han contribuido a normalizar conductas como los celos o el control, confundiéndolas con muestras de amor. Estas conductas, que a veces se justifican como bromas o juegos pesados, suelen agravarse en contextos donde se consume alcohol o drogas. Manipulaciones psicológicas como el chantaje emocional, la mentira y el gaslighting o «luz de gas» (culpabilizar a la víctima haciéndola dudar de su propia percepción) forman parte de este tipo de violencia.

Otras formas de violencia digital hacia la pareja incluyen:

  • Exigir contraseñas o controlar sus redes sociales.
  • Revisar sus comunicaciones en redes sociales.
  • Instalar software espía en sus dispositivos.
  • Tomar capturas de pantalla de imágenes o conversaciones privadas y compartirlas con otras personas para burlarse o hacer daño.

Así, la tecnología facilita formas específicas de control y coerción que quien ejerce busca justificar a través de creencias erróneas sobre lo que implica una relación de pareja o de amistad. Estos actos dificultan o imposibilitan la comunicación asertiva y la solución pacífica de conflictos.