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2.1 Vínculos y redes de apoyo

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El amor es un sentimiento que acontece frente a otras personas en determinados momentos y situaciones. Los procesos amorosos están presentes de manera constante en nuestra cotidianidad.

A lo largo de nuestra vida nos enamoramos, amamos, nos acercamos, dejamos de amar y nos separamos. También, experimentamos deseos sexuales, sentimientos de soledad, celos, miedo al abandono y desamor. El intercambio afectivo es un derecho y una necesidad básica para todos los seres humanos, pues es necesario para tener calidad de vida (Sanz, 2008).

Los intercambios, tanto sexuales como afectivos, se dan en el contexto de relaciones de todo tipo. Nos vinculamos con personas a las cuales nos une el parentesco y con personas a las que no nos une la consanguinidad. La cohabitación, el intercambio sexual, la crianza y los compromisos a largo plazo, pueden ser parte de esas vinculaciones o no, dependiendo de las necesidades, circunstancias y posibilidades de las personas involucradas.

La naturaleza interdependiente de los seres humanos nos lleva a formar diversos tipos de vínculos. Todos y todas necesitamos dar y recibir afecto y cuidado. Cuidar a alguien implica asegurar que las necesidades esenciales para la vida sean satisfechas, aunque estas necesidades pueden manifestarse de formas muy diversas. Cuidar también significa proteger, mantener o buscar el bienestar de alguien o algo.

La ética del cuidado se refiere específicamente a la manera en que interactuamos con otras personas, basándonos en la preocupación genuina por su bienestar. En estas interacciones, nos sentimos conectados con los demás y actuamos con responsabilidad para garantizar el cuidado de otros y, también, nuestro propio bienestar (Alvarado, 2004).

Esta ética entiende el mundo como una red de relaciones en la que todas las personas estamos conectadas, lo que nos lleva a sentirnos responsables unas por otras. Por lo tanto, ayudar a quienes lo necesitan se convierte en una obligación moral; cuando notamos que alguien requiere apoyo, sentimos la necesidad de actuar para resolver esa situación.

La empatía es la cualidad que nos permite acompañar y apoyar a otras personas de manera significativa; es la capacidad de comprender y responder a las experiencias únicas del otro (Ciaramicoli y Ketcham, 2000) Una forma de expresar empatía es a través de la escucha activa. La escucha activa es aquella que nos permite atender a las emociones que acompañan el discurso de la otra persona, sin juzgar.

La escucha activa se pone en práctica cuando prestamos atención a quien nos habla, sin interrumpir ni criticar, creando un espacio seguro en el que la otra persona se sienta libre de expresar sus emociones. Para esto, es necesario transmitir aceptación y afecto a través de las palabras, el tono de voz y el lenguaje no verbal, evitando que emociones como el enojo nos hagan sacar conclusiones apresuradas o reaccionar a la defensiva. La escucha activa se logra cuando pensamos antes de hablar, de tal manera que sea posible establecer un diálogo en el que todas las partes entrevistadas se sientan libres de expresar, negociar y tomar acuerdos democráticos (Hernández-Calderón y Lesmes-Silva, 2018).

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