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3.3 La sexualidad se construye con nuestros valores

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Seguramente has escuchado hablar muchas veces sobre los valores: que han cambiado, que se han perdido, que son muy importantes, entre otras afirmaciones. Esto se debe a que los valores tienen un papel fundamental en la construcción de nuestra personalidad y en la forma en que nos relacionamos con otras personas.

El término valor proviene del latín valere, que se usaba para referirse a atributos deseables como la salud o la fuerza. Aunque existen muchas definiciones, la mayoría coincide en que los valores son principios que guían nuestras decisiones y nos permiten juzgar conductas como deseables o indeseables, tanto propias como ajenas. Se aprenden desde la infancia en la familia y son reforzados por instituciones sociales como la escuela, los grupos de pares o la religión (Arzate, 2008).

Cuando hablamos de sexualidad, los valores influyen profundamente en nuestras percepciones. Por ejemplo, si consideras que la homosexualidad es una orientación o preferencia tan válida como la heterosexualidad, es probable que valores positivamente la diversidad sexual y apoyes el reconocimiento de sus derechos. En cambio, una persona que cree que hablar sobre vínculos afectivos, eróticos o amorosos entre personas del mismo sexo puede «dañar» a niñas y niños, puede también limitar su acceso a la educación sexual, fomentar prejuicios y perpetuar la discriminación.

Los valores son construcciones sociohistóricas que cambian con el tiempo y se adaptan a los contextos en que vivimos. Esto contrasta con lo que algunas personas denominan «orden natural», una idea que postula que solo existe una forma correcta de actuar, basada en creencias religiosas, costumbres heredadas o argumentos científicos fuera de contexto.

Por ejemplo, afirmar que solo existe un tipo de familia —compuesta por un papá, una mamá y sus hijos— o que todos los hombres son infieles porque «lo llevan en los genes», son creencias sin sustento científico ni ético. Estos valores rígidos deterioran las relaciones sociales, perpetúan desigualdades y justifican el maltrato o la exclusión de lo que se considera «diferente».

A lo largo de la vida construimos un sistema de valores, entendido como «un conjunto de ideas y creencias propias de una sociedad, que condicionan el comportamiento de sus integrantes y sostienen las normas sociales» (Cruz, 2007). Este sistema se moldea por la influencia de la familia, amistades y el entorno sociocultural, que también afecta nuestro sistema de valores sexuales.

La UNESCO (2014) señala que la transmisión de valores culturales entre generaciones es parte fundamental del proceso de socialización, y por lo tanto influye en cómo expresamos el género, el erotismo, el amor, las relaciones y la decisión de tener o no descendencia; es decir, en toda nuestra vida sexual.

Cuando los valores culturales estigmatizan la sexualidad placentera, pueden poner especialmente en riesgo a las mujeres jóvenes, dificultando su acceso a anticonceptivos, exponiéndolas a embarazos no planeados, abortos inseguros y maternidades forzadas (Szasz et al., 1998).

Por todo ello, la educación integral en sexualidad debe priorizar la construcción y fortalecimiento de valores como la reciprocidad, la igualdad, la responsabilidad y el respeto, como condiciones necesarias para mantener relaciones sociales y sexuales consensuadas, saludables y seguras (UNESCO, 2018).

Un aspecto fundamental es reflexionar sobre la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Por ejemplo, no podemos decir que respetamos a las mujeres lesbianas y, a la vez, determinar que no pueden comportarse como cualquier otra persona (tomarse de la mano en público, besarse, etc.). Tomar conciencia de nuestras propias incongruencias y ayudar a otras personas a hacer lo mismo, contribuye a reorganizar nuestro sistema de valores hacia una sexualidad más libre, placentera y segura.

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