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2.3 Cultura, sociedad y sexualidad

Vivimos nuestra sexualidad en una sociedad con determinadas características culturales, que rara vez nos detenemos a considerar, por lo que generalmente no nos damos cuenta de cómo y cuánto impactan en nuestra vida.

Seguramente ha leído y escuchado mucho sobre la sociedad. Es común escuchar frases como «es culpa de la sociedad», «es la sociedad de ahora», pero detengámonos a revisar qué significa la sociedad. La Real Academia de la Lengua Española define la palabra sociedad como un «conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes» (rae, 2014), sin embargo, el concepto de «sociedades» es más complejo, ya que estas son sobre todo procesos (Guerrero, 2002), es decir momentos o etapas en los que se consolidan las comunidades y construyen esas normas sociales.

Por ejemplo, cuando su familia de origen se unió, no formó un modelo a escala de la sociedad de manera inmediata. Probablemente, vivieron diferentes momentos en que surgieron conflictos al decidir cómo se dividen las funciones de la casa, cuáles son las reglas, cómo se maneja la economía, incluso los roles que les corresponden a cada uno de sus integrantes. Estas situaciones han ido determinando el funcionamiento de su familia. Si analizamos estos procesos a gran escala, entenderemos cómo funciona la sociedad.

La cultura puede considerarse como el conjunto de los rasgos distintivos espirituales, materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o a un grupo social. Engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias (UNESCO, 1982). Es decir, es la manera como las personas se conducen y vinculan. En consecuencia, una sociedad no es una cultura, sino que posee una.

La sociedad humana es más que la suma de personas que requieren estar integradas. La cultura es la amalgama que permite, a través de tradiciones, normas y conductas específicas, que las personas tengan un sentido de pertenencia que asegura la continuidad de la sociedad.

Como recordará, en módulos anteriores hemos explicado que la sexualidad es un aspecto central del ser humano, que está presente a lo largo de su vida. Abarca el sexo, las identidades, los roles de género, la orientación sexual, el erotismo, el placer, la intimidad y la reproductividad, donde si bien intervienen aspectos biológicos, también está influida por la interacción de factores psicológicos, sociales, económicos, políticos, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales (OMS, 2006). La sexualidad está influenciada en gran medida por la sociedad y los elementos particulares de cada cultura.

De esta forma, aun antes del nacimiento, la sexualidad se ve influida por un determinado contexto social y cultural que nos espera, así como los valores, las normas, los prejuicios, los derechos y las responsabilidades que para el contexto geográfico político y temporal han sido validados o impuestos por la sociedad de turno. Del Río (2015) agregaría que «los recursos y las redes sociales, que harán del nuevo ser un sujeto social al constituirse como sede y nodo de esas relaciones sociales, se tejerán de manera distinta según la cultura y los patrones sociales establecidos». Es decir, no serán iguales las demandas, los valores, las tareas, ni las normas requeridas o exigidas a una adolescente nacida en una zona rural, con recursos limitados, que a una adolescente nacida en una familia de una zona urbanizada, de nivel socioeconómico alto, porque la cultura, desde una mirada tradicional, impone elementos distintos a las personas de cada contexto.

A lo largo de la historia, las culturas de diferentes sociedades han asignado diferente valor al repertorio de conductas humanas, al validar o censurar (Guerrero, 2002), y la sexualidad, en el amplio sentido de sus ámbitos y repercusiones, no ha escapado a ello.

De esta manera, la influencia de la sociedad y de la cultura impactan en la sexualidad en todo momento, determinando nuestras acciones, incluso en actividades cotidianas como la elección del nombre del o la recién nacida, la ropa que vestimos, la atracción por alguien en la primaria o secundaria, y en la forma en cómo decidimos vincularnos con las otras personas.

A su vez, la sociedad y la cultura también pueden transmitir ideas erróneas sobre la sexualidad, al imponer prejuicios, discriminación y estigmas, y al establecerse condiciones de desigualdad entre las personas. Estas condiciones de desigualdad limitan el ejercicio de los derechos de las personas y disminuyen su calidad de vida. No todas las personas viven en un contexto igual ni cuentan con las mismas oportunidades, ya que aun cuando todas y todos tenemos los mismos derechos establecidos en diversas legislaciones, lamentablemente no todas ni todos tienen el mismo acceso.

Reflexionemos por un momento qué pasa con nuestra sexualidad. Piense en algunas personas que conoce y trate de recordar, ¿a quiénes les gusta el mismo sabor de helado o alimento que a usted? ¿Cuántas personas conoce que les guste el mismo deporte o el mismo equipo? ¿Quiénes tienen una familia idéntica a la suya? Es probable que a estas alturas note cómo, a pesar de que vivimos en la misma sociedad y tenemos aprendizajes culturales muy parecidos, todas y todos somos diferentes y respondemos de manera diversa ante las mismas situaciones.

Lo mismo pasa con la sexualidad. Las personas somos diversas en la forma en que reconocemos nuestra sexualidad y en la manera en que decidimos vivirla. El gran problema ha sido suponer que todas y todos debemos manifestar nuestra sexualidad de la misma manera. Los caminos que tradicionalmente nos han trazado para devenir mujeres u hombres, o por quién tenemos que sentir atracción, o cómo debemos vivir nuestra sexualidad, limitan nuestro desarrollo en plenitud y discrimina a quienes se salen de los límites establecidos.

Estos caminos únicos han desdibujado e invisibilizado a las personas que salen de la norma, por ejemplo a quienes  se sienten atraídas por personas de su mismo género (homosexuales), de ambos géneros (bisexuales), a quienes no sienten atracción sexual (asexuales), a quienes tienen órganos sexuales que no están claramente diferenciados (intersexuales) o a quienes cuya identidad sexual es diferente a su corporalidad (personas trans), a quienes tienen una expresión de género no binaria, solo por mencionar algunos casos (CIDH, 2015b).

Estos criterios impuestos como naturales (creencia de que «naturalmente» o por «razones biológicas» las personas deberían ser de tal manera) han sido normalizados (pensar que todas las personas tienen estas características) y se han vuelto una norma impuesta a muchas personas que, al no encajar con los estándares, han sido históricamente rechazadas, discriminadas, exiliadas e incluso asesinadas (Rangel, 2018).

Afortunadamente, como hemos mencionado, las sociedades y las culturas cambian, son dinámicas, se transforman y evolucionan con el tiempo. Gran parte de estas transformaciones se desarrollan gracias a la educación y las nuevas formas de actuar dentro de las familias.

Es necesario señalar que, el derecho a la educación, se considera un derecho básico, abre la puerta de muchos otros y ha dado la pauta para que, de manera igualitaria, las mujeres accedan a empleos y servicios, así como a ser reconocidas como ciudadanas en sus países y tengan la posibilidad de tomar decisiones sobre el rumbo de sus naciones. De esa manera, lo que alguna vez fue impensable para una generación debido a las creencias de una época, ahora es un derecho fundamental para el desarrollo integral de todas las personas.

Es cierto que el cambio cultural requiere de trabajo, educación y tiempo, revisar las creencias, los prejuicios, los estereotipos y los tabúes, así como examinar si los preceptos válidos del pasado siguen vigentes en nuestra nueva realidad. Las y los adolescentes nos ponen frente a esas y otras verdades al requerir y expresar nuevos valores en una sociedad en permanente evolución.

¿Cómo lograr una buena comunicación y una sana comprensión? No existen recetas mágicas, ya que las transformaciones culturales surgen del cambio cotidiano de las personas. El primer paso para comunicarnos es aprender a escuchar. Hemos olvidado lo emocionante que es explorar y lo importante que es valorar las diferencias. Quienes viven la adolescencia son nuestras maestras y nuestros maestros.

Reflexiones finales

Ahora que lo sabe, escriba cuáles fueron los aprendizajes que ha recibido a lo largo de su vida sobre la sexualidad y reflexione cuál es el contexto que enfrentan todas y todos los integrantes de su familia para vivir su sexualidad. Si tiene la oportunidad, converse con ellas y ellos sobre sus percepciones, para que conozca sus necesidades y busque con ellos opciones para mejorar sus experiencias. Recuerde que puede construir relaciones saludables al interior de su familia.