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3.2 El género y sexualidad

Es posible que haya observado que las y los adolescentes actualmente viven la sexualidad y los roles de género de una manera muy diferente a la que nos tocó vivir en nuestra propia adolescencia. Es posible que, como madre o padre, tenga interrogantes, y al desear lo mejor para sus hijas e hijos, de pronto se cuestione sobre ¿qué será lo mejor? ¿Cómo hablar de esto en la familia? ¿Cómo enfrentar estos cambios que viven las nuevas generaciones? ¿Cómo acompañar a nuestros hijos e hijas en el desarrollo de su propia identidad? Esperamos que este apartado le aporte información valiosa, que contribuya a completar sus reflexiones.

Todas las personas somos valiosas, independientemente de nuestro género. Sin embargo, es una realidad que muchas veces, independientemente de nuestra edad, nos sentimos «diferentes», «inadecuadas o inadecuados», en parte porque existen una serie de expectativas y estándares de belleza femenina y masculina que repercuten en el desarrollo de nuestra autoestima, entre otros aspectos.

La periodista e historiadora francesa Mona Chollet, en su ensayo Belleza fatal: La tiranía del look o los nuevos rostros de una alienación femenina, analiza críticamente la belleza hegemónica como una construcción social impuesta por la industria de la moda y la cultura dominante. Sostiene que esta imposición genera una forma de alienación femenina, donde las mujeres son presionadas a conformarse con estándares estéticos inalcanzables, lo que provoca inseguridad y auto-desvalorización.

Chollet señala que la obsesión por la delgadez, la banalización de la cirugía estética y la insistencia en ciertos símbolos de feminidad refuerzan una “tiranía de la apariencia” que encierra a las mujeres en un estado de subordinación permanente. Detrás del supuesto culto a la belleza, se alimenta un odio hacia el propio cuerpo, promovido por cánones inalcanzables que generan ansiedad constante y condenan a las mujeres a no saber existir fuera de la seducción.

Estas imposiciones sociales de la belleza hegemónica inician desde la niñez y se agudizan durante la adolescencia. La autoimagen o el autoconcepto se ven fuertemente impactados, lo que repercute en la autoestima general de la persona.

Al vivir pendientes de lo que nos muestran como lo ideal inalcanzable, se nos olvida que el cuerpo que tenemos es el que nos acompañará toda la vida tal como es, y es con él que viviremos, amaremos, soñaremos, disfrutaremos y sentiremos placer. Nuestro cuerpo es la única propiedad real que poseemos como personas. Por eso cada quien debe vivirlo de acuerdo con sus propios valores, gustos y emociones. Nadie tiene derecho a imponer a otras personas una forma de ser o de actuar en contra de sí mismo, de sus propios deseos, sueños y su identidad. La realidad es que existen muchos tipos de bellezas, diferentes tipos de corporalidades y características físicas que hacen única y hermosa a cada persona.

En nuestro cuerpo construimos nuestra sexualidad y nuestro género. La identidad de género, la expresión de género y la orientación sexual están en el cuerpo de cada persona. ¿Cómo vive usted su cuerpo? ¿Cómo le gustaría que lo vivieran sus hijas e hijos? ¿En armonía y libertad o con opresión y vergüenza?

Normas de género y comportamiento sexual

Como ya lo mencionamos, existen normas de género que influyen en el comportamiento sexual. Se espera que los hombres sean agresivos, potentes y generen las iniciativas en el ámbito erótico. Que siempre estén dispuestos y nunca se nieguen ante la propuesta de una mujer. Que siempre estén a la conquista de la mujer más bella, la que todos desean. Estas normas de género los conducen a asumir conductas sexuales riesgosas, que incluyen relaciones sexuales inseguras (Heilman et al., 2017). Las normas de género afectan la salud y seguridad de las personas.

En cambio, a la mujer se le asigna un rol pasivo. Ella solo tiene que dejarse guiar por el hombre tanto en los pensamientos, sentimientos y actividades cotidianas de la vida, como, por ejemplo, en el ejercicio del erotismo. Culturalmente, se espera que ella no tome la iniciativa en la actividad sexual, que acepte todo cuanto pide su pareja y solo se deje llevar, lo que la incapacita en su proceso de toma de decisiones sobre su cuerpo y el ejercicio pleno de su erotismo y sexualidad.

Estas desigualdades ante la relación con el cuerpo y con el deseo y placer, sientan las bases de la violencia de todo tipo, porque perpetúan y justifican conductas sexuales de sometimiento y obediencia absoluta. Por ese motivo, la mujer se encuentra en mayor vulnerabilidad con respecto a las diferentes formas de violencia sexual.