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1.1 Las muchas maneras de ser familia

El ser humano es sociable por naturaleza y requiere el contacto con otras personas, no solo para satisfacer sus necesidades materiales, sino también por el afecto y la protección que necesita. En el Artículo 16 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, las Naciones Unidas (1948) estipulan que la familia es el núcleo natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado.

Más adelante, en la Cumbre Mundial a favor de la Infancia de las Naciones Unidas (1990), se definió la familia como el grupo fundamental de la sociedad y el entorno natural para el crecimiento, bienestar y protección de todos sus miembros, especialmente de los niños y niñas. Es importante mencionar que esta definición reconoce la diversidad familiar: familias nucleares, extendidas, monoparentales, adoptivas, homoparentales, entre otras, y no restringe el concepto solo a vínculos biológicos o tradicionales.

Si bien la familia nuclear, compuesta por la madre, el padre y sus hijos e hijas, es una de las más comunes, no es el único modelo de familia. Existen, por ejemplo:

Familias monoparentales: Formadas por un solo jefe o jefa de familia, como una madre o un padre que vive solo con sus hijos e hijas.

Familias extendidas: Incluyen además de mamá, papá e hijos e hijas, otros miembros como abuelos, primos, tíos, etcétera.

Familias reensambladas o compuestas: Conformadas por dos adultos que han tenido relaciones anteriores y que integran a los hijos e hijas de esas relaciones previas junto a los hijos e hijas de su nueva pareja.

Familias homoparentales o lesboparentales: Compuestas por parejas del mismo sexo, ya sean dos mujeres o dos hombres, que tienen hijos e hijas.

Familias unipersonales: Formadas por una sola persona. Algunas personas pueden ser su propia familia, ya sea por elección o por circunstancias ajenas a su decisión, y pueden vivir así de forma prolongada o en algunas etapas de su vida.

Familias sin hijos: Compuestas por una pareja sin hijos e hijas. El término “pareja” puede referirse a cualquier combinación de géneros, incluyendo parejas homofóbicas, lesbianas o heterosexuales.

Familias de parejas separadas: En las que la pareja deja de vivir junta debido a una separación emocional o legal, dependiendo del tipo de unión que existía.

Desafortunadamente, debido a prejuicios, muchas de estas familias enfrentan discriminación por parte de la sociedad. Sin embargo, diversas investigaciones señalan que el desarrollo saludable de un niño o una niña es independiente de la orientación sexual de sus padres, siendo el cariño, los cuidados y la atención que se les brinde lo que favorece un sano desarrollo emocional (Healthy Children, 2015).

Es necesario respetar a todas las familias, ya que, independientemente de cómo estén formadas, constituyen la base de nuestra convivencia. Cada familia tiene sus propias características, sus formas exclusivas de convivencia y de construir los lazos que las unen. En resumen, más que centrarnos en quiénes componen las familias, debemos enfocarnos en los vínculos afectivos que las mantienen cohesionadas.

En América Latina, el porcentaje de hogares encabezados por mujeres varía según el país, pero en general representa una proporción significativa. Según datos del Banco Mundial, entre el 25% y el 35% de los hogares en varios países de la región están liderados por mujeres (Banco Mundial, 2017).

No existen estadísticas oficiales consolidadas que indiquen el porcentaje exacto de familias homoparentales en América Latina, ya que muchos censos nacionales no incluyen preguntas específicas sobre la orientación sexual o la composición homoparental de los hogares. Sin embargo, algunos estudios y encuestas ofrecen datos relevantes. Por ejemplo, en Chile, una encuesta realizada por el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh) reveló que el 72.4% de los hijos de personas LGBTI reconoce tener dos madres o dos padres, y el 75.2% de las veces la crianza es asumida o compartida con la pareja del mismo sexo. En México, el Censo de 2010 reportó casi 30,000 hogares con esta característica, de los casi 26 millones de familias reportadas en todo el país en ese entonces, es decir, poco más del 1% (INEGI, 2013).

Familias y roles de género

Queda claro que no existe un único modelo de familia. Estos dependen de muchos factores y no hay modelos mejores o peores. Otro aspecto que es necesario revisar al hablar de las familias son los roles de género que se viven en cada una de ellas, los cuales ejercen una influencia importante en el desarrollo de los hijos e hijas.

Tradicionalmente, y de acuerdo con el modelo de familia nuclear, se ha asignado a la mujer, principalmente a la madre, pero también a las hijas, el rol de crianza de los menores, el cuidado de las personas enfermas y la organización del hogar, mientras que el padre se ocupa de obtener los recursos económicos y materiales para el sustento de la casa. Tanto el padre como los hijos varones suelen estar ajenos a las labores domésticas. En estas familias que siguen roles tradicionales, es común que las hermanas lleguen cansadas de la escuela y aún deban preparar la comida para sus hermanos, incluso cuando estos no tienen otras actividades que realizar.

El reparto desigual de estas tareas ha generado una sobrecarga tanto mental como física para las mujeres. Esta situación se agrava cuando, además de asumir las labores domésticas y de cuidado, las mujeres —ya sea la madre o algunas de las hijas— también deben trabajar fuera del hogar o asistir a la escuela. Todo esto ocurre, además, en muchos casos bajo la tutela o control de los hombres. A esta acumulación de responsabilidades se le conoce como la doble o triple jornada de las mujeres:

  • Doble jornada: Se refiere a la situación en la que las mujeres, además de cumplir con un empleo remunerado, asumen la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado en sus hogares (CEPAL, 2023).
  • Triple jornada: Amplía esta noción, incorporando también el trabajo comunitario o social que muchas mujeres realizan, como el apoyo en escuelas, organizaciones barriales o redes de cuidados (CEPAL, 2023).

La asignación desproporcionada de las labores domésticas a mujeres y niñas tiene consecuencias graves, tanto individuales como sociales. Las principales son: limita significativamente el acceso a la educación, restringiendo sus oportunidades económicas (Banco Mundial, 2021). También afecta la salud física y mental de las mujeres, generando agotamiento, estrés crónico, dolencias musculares y altos índices de ansiedad y depresión (OIT, 2018). Finalmente, se reproducen y refuerzan los roles de género tradicionales, consolidando estereotipos que posicionan a las mujeres en roles subordinados dentro de los hogares y obstaculizando los avances hacia una igualdad efectiva (ONU Mujeres, 2019; CEPAL, 2021).

Afortunadamente, cada vez hay más familias que han tomado conciencia de la necesidad de la participación de todos sus integrantes, asignando tareas sin etiquetas de género y considerando las habilidades, capacidades e intereses de cada miembro.

Es oportuno preguntarse: ¿cuáles son las tareas que cada persona en nuestra familia realiza? ¿A partir de qué criterios hemos asignado estas tareas y responsabilidades? Quizás así nos percatemos de que reproducimos estereotipos de género tradicionales que colocan la responsabilidad de las labores domésticas en las mujeres.

Una mayor flexibilidad en los roles de género asignados en las familias no solo favorece mejores condiciones de convivencia, sino que también genera un importante aprendizaje para los hijos e hijas, quienes en el futuro no repetirán patrones antiguos y contarán con mejores herramientas para su desarrollo y para establecer relaciones de pareja más armónicas.

La mejor manera de enseñar a nuestros hijos e hijas las ventajas de cambiar y abandonar los estereotipos de género es a través del ejemplo. Si tanto el padre como la madre se involucran en el cuidado de los hijos e hijas y en la realización equitativa de las tareas del hogar, además de reconocer los aportes de ambos para proveer los bienes necesarios, promovemos la igualdad y les damos lecciones valiosas.

Valores y familias

Una de las funciones principales de las familias es la adquisición y apropiación de valores. Algunos especialistas han definido los valores como aquellos que establecen y regulan las acciones de las personas, trascienden cualquier barrera cultural y tienen como finalidad destacar las virtudes del ser humano, generando bienestar general e individual (Significados, 2020).

La familia es el espacio fundamental para desarrollar la capacidad de relacionarse con otras personas, brindar protección y afecto, y establecer vínculos basados en la solidaridad, el respeto y la justicia. En la vida cotidiana, los valores se transmiten a través del respeto por las decisiones de cada integrante del núcleo familiar y mediante una comunicación clara, respetuosa y asertiva que fortalece los lazos afectivos.

Los valores que se inculcan en el hogar están profundamente influenciados por el sistema de creencias de la madre y el padre, y se reflejan en sus comportamientos cotidianos. Así, los hijos e hijas, desde la infancia, aprenden principalmente a partir de lo que observan en la conducta de sus figuras parentales.

En este sentido, es importante que, como madres y padres, nos preguntemos: ¿cuáles son los valores que aprendimos en nuestras familias de origen? Y ¿son estos los valores que queremos que aprendan nuestros hijos e hijas?

Salud y enfermedad: temas de las familias

Otro de los valores que debemos inculcar en las familias es la escucha activa y sin juicios, la empatía y la solidaridad, aspectos que son determinantes cuando, como estructura familiar, se enfrenta la enfermedad o padecimiento de uno o varios de sus integrantes.

Ninguna familia está exenta de que alguno de sus miembros presente problemas de salud, como el virus de inmunodeficiencia adquirida (VIH), cáncer o cualquier otra enfermedad o infección crónica. También aplica para situaciones de discapacidad, ya sea congénita o adquirida, o cualquier dolencia que afecte la salud, ya sea de manera temporal o permanente.

Es fundamental que abordemos abiertamente estas contingencias y hagamos partícipes de ellas a nuestros hijos e hijas, para que comprendan el significado de estas situaciones, aclaren sus dudas sobre la enfermedad y expresen las emociones que esta situación familiar les puede causar. Además, es importante que contribuyan en lo que esté a su alcance para el manejo más adecuado del problema. En esos momentos, se requiere mostrar empatía y brindar todas las atenciones necesarias a quien lo necesite.

Asimismo, es esencial que se fomente el autocuidado y el cuidado hacia los demás dentro de las familias, asumiendo la responsabilidad de uno mismo sin dejar de ser corresponsable con el resto de los integrantes, según las capacidades y posibilidades de cada uno. Recordemos que crecer implica hacerse responsable de uno mismo y de los demás.

Conflictos presentes en todas las familias

No podemos ignorar que en todas las familias pueden surgir conflictos y malentendidos entre sus integrantes. Sin embargo, esto no debe ser un impedimento para construir vínculos afectivos sólidos, ya que, generalmente, los conflictos se pueden resolver juntos y pueden ser oportunidades para aprender y crecer como personas y familias.

Lo primero es que, como madres y padres, reconozcamos la importancia del diálogo y tengamos la voluntad de revisar cómo llegamos a un conflicto determinado con nuestros hijos e hijas. Debemos saber identificar las necesidades y emociones involucradas en la situación, para lograr estrategias que permitan la resolución pacífica de esos conflictos. De esta forma, el conflicto deja de ser una amenaza que pudiera desencadenar violencia y se convierte en una oportunidad para generar cambios positivos.

Esto se logra cuando promovemos una comunicación asertiva. Si aprendemos a escuchar y entender las necesidades y sentimientos de los demás, y podemos expresar con libertad y responsabilidad nuestras propias emociones y necesidades, alcanzaremos acuerdos que beneficien a todas las personas involucradas.

Otros aspectos que pueden generar dificultades en las familias incluyen circunstancias sensibles que, a veces, provocan sorpresa, desequilibrio o incertidumbre. Hablamos de situaciones como un embarazo no planeado, un abuso sexual o la aparición de una enfermedad o infección de transmisión sexual (ITS) en algún miembro de la familia.

La Organización Panamericana de la Salud (2019) destaca que el acompañamiento familiar es un factor esencial en la atención de adolescentes que viven con VIH. El apoyo emocional y la aceptación familiar fortalecen la autoestima, favorecen la adherencia al tratamiento y reducen el impacto del estigma. Además, el involucramiento positivo de la familia facilita el acceso continuo a los servicios de salud, mientras que su ausencia o rechazo aumenta los riesgos de abandono del tratamiento, depresión y nuevas situaciones de abuso. Esto aplica no solo para un diagnóstico de VIH, sino también para el acompañamiento de un aborto, abuso u otra ITS.

Si bien la orientación o identidad sexual de una persona no deberían ser un conflicto familiar, ya que ser gay, bisexual o trans es solo una característica más de las personas, como ser zurdo o tener un color de ojos determinado, frecuentemente las familias experimentan conflictos y requieren información y apoyo cuando alguno de sus integrantes manifiesta su diversidad sexual.

Es fundamental que, como madres y padres, nos preguntemos cómo reaccionaríamos ante una situación semejante. Generalmente, no estamos preparados para estas situaciones o creemos que nunca las viviremos. Es esencial informarnos sobre los temas que nos resultan más sensibles y que nos generan dudas sobre cómo manejarlos y cuál sería la mejor manera de apoyar a nuestros hijos e hijas. Es totalmente válido buscar ayuda externa cuando no encontramos respuestas, por ejemplo, consultando a un profesional de la salud.

Reflexiones finales

Queda claro que no hay una única manera de formar familias. Las familias son diversas y eso genera una mayor riqueza para nuestras sociedades. En todo caso, más allá de cómo «deberían» estar formadas las familias, lo verdaderamente importante es que cumplan con su función, es decir, que brinden cariño, protección, acompañamiento y refugio. La familia es el espacio donde las niñas, niños y adolescentes forjarán y fortalecerán los valores que les acompañarán a lo largo de la vida.

¿Qué tipo de familia fue la suya en su niñez? ¿Qué valores aprendió en su familia cuando era adolescente? ¿Cómo es la familia que tiene con mis hijas o hijos? ¿Qué valores fomenta? ¿Qué quisiera mantener igual y qué le gustaría cambiar?

Por favor, escriba sus reflexiones.